lunes, 2 de octubre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para octubre. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

OFRENDA


Despertarse con ganas de comerse el cada día a bocados, de ponerle siempre a la vida color, sintiéndose dichosa es la mejor forma de amanecer. Despertarse sintiendo que invade tu ser una descomunal dosis de energía vitamínica y un batallón de buenas vibraciones, sentimientos y sensaciones es como despertarse las mañanas de Navidad. Y el común denominador de todos esos días es la ilusión. A cada uno le mueve diferentes cosas, personas, gustos, intereses, aficiones, pero detrás de todo siempre está la ilusión, ya que la ilusión es nuestro motor y sin ella no hay nada, no somos nada. Mi amiga Edurne siempre me dice que las bibliotecas le inspiran la misma sensación que la de una mañana de Navidad. Entiendo perfectamente a lo que se refiere puesto que a ella entrar en una biblioteca y la mañana de Navidad le producen la misma ilusión que a mí abrir los ojos con cada amanecer y ser consciente de que por delante tengo toda una aventura por vivir que se llama vida y con la que voy a tener experiencias de todo tipo que me harán sentir y avanzar, sabiendo que jamás me dejaran ni indiferente ni quieta en el mismo punto. Como también sabéis, lectores míos, que me produce una enorme y sincera ilusión el contar historias, el emprender viajes y el desembalar libros cuidadosamente elegidos por anticipado, y cómo no, y en ello quiero detenerme hoy: los días que preceden a la Navidad y por supuesto las mañanas de Navidad, es decir, las vacaciones de invierno. No sé en qué momento inconscientemente comienzo a preparar mentalmente la Navidad; no sé cuándo empiezo a ir pensando en los regalos inesperados y sorprendentes para cada uno de los seres que forman parte de mi cotidianidad, pues el tema "regalo" no es para mí un asunto menor ni trivial ni baladí; no sé en qué día y a qué hora emprendo el camino que me lleva a la época que más me gusta del año cuando una sonrisa divertida, franca y feliz se dibuja en mi rostro y se queda a vivir allí durante muchísimo tiempo. No sé si es que me tomo la Navidad demasiado en serio, pero más bien creo que me la tomo cómo lo que es, cómo lo que tiene que ser, cómo lo que significa para mí, es decir, la celebración de todo lo bueno que posee y representa el ser humano. Aunque la ejemplaridad del ser humano no debería ser la excepción sino la regla y no tendría por qué tener que conmemorarse para de ese modo poder subrayar, reseñar y resaltar lo obvio, en un mundo en el que existe a partes iguales el bien como el mal; bien caben unas semanas para que esa ejemplaridad sea la protagonista; bien caben unos días al año para que todos pensemos que lo que realmente nos hace grandes es el ser buenas personas, el ser el mejor ejemplo tanto para nosotros como para los que nos observan; bien caben unas horas para reivindicar que la fortuna de los agradecidos, honrados y bienintencionados siempre será mucho más poderosa y nos colmara de una mayor e intensa dicha que la de los seres de lúgubre corazón, funesto ánimo y malvada disposición. Por eso en los días de Navidad todavía debemos prestar más atención a todos aquellos que dan de corazón sin esperar nada a cambio, en esos días debemos aguarles la fiesta a los señores Scrooge de turno. Y debemos hacerlo con una sonrisa en los labios y diciéndoles, mirándolos a los ojos: «Jamás vais a poder con los bienintencionados y generosos de corazón.» Para luego, con alegría dedicarles tiempo y mimos a los que están a nuestro alrededor. Sabiendo que ese regalo que hemos preparado con tanto amor, no es un acto que se deba acoger como algo vacío de contenido o un consumir por consumir sino como lo que realmente es: una ofrenda al otro, un reconocimiento al otro. Pues con en ese regalo le estamos diciendo muchas cosas pero sobre todas ellas, una: «Gracias por existir.»


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz



** Scrooge era una persona mayor y sin amigos. Él vivía en su mundo, nada le agradaba y menos la Navidad, decía que eran paparruchadas. Tenía una rutina donde hacía lo mismo todos los días: caminar por el mismo lugar sin que nadie se parase a saludarlo. Scrooge vivía en un edificio tan frío y siniestro como él.


** Ofrenda: f. Dádiva o presente que se ofrece con respeto, gratitud o amor.

DESEMBALANDO HISTORIAS


«Hace algunas semanas me compré un catalejo.
Compro muy pocas cosas y, las que compro,
no hasta después de llevar mucho tiempo deseándolas,
por  lo que, cuando me hago con ellas,
ya estoy preparado para darles un uso perfecto
y extraer el máximo placer.»
―Henry David Thoreau―
[Diarios, 10 de abril de 1854]


Si alguien dice de mí que soy impulsiva esa es la mejor muestra de que no me conoce. Soy reflexiva sino no podría tener este oficio. Pero lo soy en todo en la vida, soy de las personas que sopesan los pros y los contras, de las que medita un buen argumento antes de dar una opinión y estoy siempre en disposición de con tranquilidad escuchar opiniones dispares con tal de confrontarlas con las mías para saber si mi postura sale reforzada o si estoy equivocada y antes de hablar o actuar debo cambiarla. Por ello, cuando hablo intento llevar conmigo una buena razón para poder defender siempre mi postura. Soy tan de medir las cosas y los actos, y sobre todo las palabras por qué sé de su valor, y soy tan de tener los pies en el suelo, que incluso no compro nada sin antes haberlo meditado mucho, para como Thoreau extraer el máximo placer al haberlas deseado en el tiempo y con constancia. Es decir, jamás compro fruto de un capricho y aunque lo comprado muy bien pueda ser algo nacido del deseo, nunca será de un deseo pasajero. Y del mismo como no soy amiga de la compra impulsiva, lo soy de la compra reposada y más cuando se trata de adquirir libros. Desconozco lectores míos de qué modo compráis vosotros los libros, de manera que yo ahora os voy a relatar la mía e igual coincidimos. Tomáoslo como un juego. Y para contar de dónde procede mi forma de comprar libros debo remontarme a cuando era niña: Hubo un tiempo en que comprar libros de una manera reposada estuvo a mi alcance gracias a que mi madre me hacía partícipe de un catálogo que era revista y que a su vez era librería y que te daba la oportunidad de durante al menos quince días sopesar, escoger, replantearte la compra, volver a elegir y comprar lo que más deseabas de todas aquellas páginas que se convertían para mí en el más maravilloso de los festines cada dos meses. Fue mi madre, como os he dicho, quien me acostumbró a ello y desde entonces mi forma preferida de aproximarme a los libros ha sido siempre esa, por fortuna con la llegada de las librerías virtuales a nuestras vidas he podido reencontrarme con ese forma pausada y delicada de comprar libros y he podido de ese modo quitarme de encima la inmediatez de la compra a la que quieras o no te empujan las librerías físicas. Y, será porque tengo las hechuras de la compra reposada, o porque no concibo mejor manera a la hora de adquirir libros que la elección en calma de un objeto que al ser mucho más que un objeto y que encierra tantos mundos requiere siempre de su poso y reposo, del silencio de la elección, y de la confianza en el instinto que sea por hábito o por su sagacidad nunca falla, que cuando compro libros también lo hago desde el deseo meditado, nunca del pasajero. Pero debo confesaros para ser totalmente honesta con vosotros que además de los motivos expuestos, quizás la principal razón de esa querencia mía por comprar los libros de ese modo es porque disfruto como una niña en el día de su cumpleaños del momento en el que tengo que desembalar el título elegido unos días antes y que todo él, ―al tenerlo por primera vez entre las manos―,  sea una sorpresa. Ya que hay en mí tanta ilusión en el instante de desembalarlo como cuando empiezo a leer las primeras líneas de la primera página, puesto que esos dos actos me confirman algo que yo ya sé por anticipado y es que estoy a punto de adentrarme en una nueva historia, en una nueva vida. Y ese, coincidiréis conmigo, que para un lector siempre es el mejor de los argumentos.
  

Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

AL OTRO LADO DE LA PUERTA


Hay una pregunta que de tantas veces como ha pasado y sigue pasando por delante de mí me resulta tediosa desde su encabezamiento hasta contestarla. Y es esa que siempre comienza con: Si te fueras a una isla desierta… Al oírla en lo primero que pienso es que ojalá estuviese en ese preciso momento sola en esa misma isla para no tener que saber ni cómo sigue el enunciado, ni tener que contemplar cómo se abalanza sobre mí una cuestión cuyo objetivo sólo es el de que condense toda una vida en menos de que canta un gallo, como si escoger o resumir sólo fuese cuestión de blanco o negro. Cada vez que me encuentro en esa tesitura en la que veo venir galopando hacia mí el si te fueras a una isla desierta qué libro te llevarías contigo; o el, si te fueras a una isla desierta qué tres cosas te llevarías; o otra de similar, ―pues esta pregunta tiene no sé por qué una sorprendente infinidad de variables―, me invade un auténtico hastío y sólo tengo ganas de levantarme e irme a otro lugar. Sin embargo, el otro día, sin ni siquiera advertirlo mientras estábamos almorzando con unos amigos alguien la formuló pero rizando todavía más el rizo y soltó a bocajarro y para sorpresa de todos: «¿Si te fueras a una isla desierta preferirías permanecer en la isla diez años con una persona a la que adoras o un mes con una a la que no soportas?» Por unos minutos no pude parar de reír, porque la respuesta era más que obvia y de tan lógica como era, nadie puso sobre la mesa un argumento que defendiese la segunda opción. Por tanto, nadie le llevó la contraria al que dijo que permanecer un mes en una isla con alguien al que no soportas sería como permanecer en ella veinte años. Es más, encontramos acertado y muy pertinente el comentario. Sin embargo, no pude evitar que me asaltase la siguiente pregunta: «¿Si allí entre nosotros aun siendo amigos o conocidos había alguien al que yo en verdad no soportaba lo suficiente para pasar con él o con ella un mes en un lugar apartado y lejos de todo y de todos?» Y la respuesta no tardó en aflorar: «Sí». Entonces encontré en la pregunta su intención oculta: que era la de diferenciar entre los seres a los que detestamos y con los que no tenemos ningún trato, de los que sí que tratamos pero que en el fondo no soportamos. Y en el momento en que ves la trampa que encierra la pregunta, también ves el rostro de ese alguien con el que jamás te irías ni a una isla ni a ninguna parte y con el que no obstante tienes trato y frecuentas; al mismo tiempo que notas, ―al tomar conciencia de que por suerte tan sólo se trata de una suposición―, un alivio semejante al que hallas en el zaguán de tu casa cuando al cruzar el umbral de la puerta y cerrarla tras de ti, sabes qué es lo que se queda allí dentro contigo y lo qué se queda fuera, al otro lado de la puerta, en la calle, sin importante ni un comino. Pues es ahí en el zaguán de nuestra casa donde nos encontramos con el auténtico retrato de quiénes somos en realidad, de qué es lo que queremos en nuestra vida y qué no. En ese lugar considerado casi siempre como tan solo una zona de paso, cuando es en realidad reducto y morada, podemos reconocer si llevamos una vida plena ya que si nada te falta en ese zaguán es porque en tu vida está todo lo que tiene que estar. Todas las personas y cosas. No hay más. No es para nada complicado, ya que nuestra felicidad depende tanto de lo que está y de quien está en nuestra vida, como de lo que se queda al otro lado de la puerta. Tanto es así, que al cerrar la puerta, estamos echando el pestillo al fortín de lo que en verdad importa.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

sábado, 30 de septiembre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el último día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LA ABUELA PERFECTA



«Una mujer me espera, ella lo contiene todo, nada le falta.»
Walt Whitman


Siempre tiene fruta recién comprada de todas las variedades habidas y por haber con la que le gusta agasajarnos, esa es una de las tantas maneras que tiene de mostrar su amor y su generosidad; del mismo modo como tiene cientos de libros para que podamos leer en su inmensa biblioteca en la que predominan los libros grandes en tamaño, enormes en talento y hermosamente ilustrados que son su joya más preciada. Pasa horas enteras y eternas en la cocina con tal de que el estómago de quién visita su casa jamás pase hambre y coma como es debido. Siempre tiene un caldo para ti en tu hora más mala o una sabrosa ensalada cuando aprieta una ola de calor. Posee la piel más suave que jamás han rozado tus dedos, su color es saludable, toda ella huele a jabón, es guapa en esencia y de manera franca y sin artificios. A mí me gusta achucharla, abrazarme a ella, darle besos, demostrarle lo mucho que la amo. A menudo pienso que me gustaría que pudiese verse a sí misma a través de los ojos de quienes la adoramos, para que supiera a ciencia cierta el genuino amor que despierta en nosotros. Ella es una de esas mujeres que se ha hecho a sí misma, que siempre ha trabajado con minuciosidad, con amor por detalle y por y para los otros. Ahora con la sabiduría que le han dado los años y el aprendizaje extraído de sus propias experiencias hace que conversar con ella sea algo gratificante, ya que es como ir tejiendo un tapiz de reflexiones llenas de matices y sorpresas que a menudo te dejan boquiabierta. La vejez le sienta mejor de lo que ella presupone. Sí, la vejez le sienta bien, y su forma de estar en el mundo se va tiñendo de una especie de pasotismo que hace que tu amor por ella se convierta en locura. A ratos y siempre inesperadamente, en el momento menos pensado, ríe por algo que acaba de oír y lo inunda todo de felicidad. Me encanta su risa. Su risa es sana, es una risa que le sale de las entrañas y sin tapujos. Su risa la viste de sinceridad y la desnuda de todo prejuicio. Cuando ríe es como si se abriera una ventana a un mundo fantástico y quererla es algo fácil. Y cuando quiere desconectar del mundo escucha música y se aísla de todo y de todos, y tú la miras y en silencio desapareces, la dejas vivir a su aire. Pues dejarla vivir a su aire es el mayor tributo que le puedes brindar a alguien que te lo ha entregado todo. Y, ahí, en ese instante en que mis pasos desandan el camino andado y desaparezco para no molestarla, me doy cuenta de que se está convirtiendo en la abuela que siempre he querido tener y que nunca he tenido. Tuve una bisabuela, pero jamás he tenido abuela. Pero ella resulta ser la abuela perfecta. Es acogedora y suave, toda ella es amor, toda ella lo contiene todo, y a su lado nunca te van a faltar ni la fruta ni los libros, que es como saber, que junto a ella jamás te va a faltar ni el alimento ni el consuelo. Y ella, ese ser maravilloso, no es otra persona que mi propia madre. Lo que me lleva a pensar que quizá la abuela perfecta es nuestra madre cuando se convierte en abuela. Tal vez esa sea otra de las sorpresas que el tiempo nos depara. Lo desconozco. Pero sí que sé que de poder escoger una abuela, la escogería a ella. Mi madre se ha convertido en la abuela que nunca he tenido y es algo genial. Porque cuando me abraza lo hace desde lo más profundo de su corazón, desde su yo más honesto.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

lunes, 25 de septiembre de 2017

CAJAS

De la misma forma como existen las cajas de seguridad, las cajas fuertes, las cajas de caudales o las cajas de música, existen unas cajas para las que se debería buscar un nombre muy especial, porque dentro de ellas, además de albergar objetos guardan sentimientos y emociones y acaban siendo una caja llena de recuerdos o de sorpresas. Y más allá del distinto tamaño que puedan tener o de los diversos materiales del que estén fabricadas, los verdaderos elementos con los que se elaboran son: el amor, la ternura y la complicidad. Conozco de primera mano ejemplos de personas que crean cajas así: está Lorelai que como viaja tanto debido a su profesión al no poder estar con Harold, ―su amor―, en el cada día, va construyendo una caja con objetos que compra o que encuentra y que le han llamado la atención y cuando tiene la caja a rebosar se la envía a Harold y días después de habérsela enviado, le manda una carta donde le ha escrito la historia y el significado de cada uno de los objetos que contenía la caja, con el fin de que el contenido borre la distancia física que hay entre los dos; está Irene que vive en un pueblo pequeño y que cada vez que se entera de que una de sus vecinas está embarazada le preparara una caja repleta de cuentos para niños de cero a tres años acompañado de algún que otro peluche para entregársela cuando nazca su vástago; y luego están las cajas sorpresas, esas cajas que últimamente están tan de moda y que pagas su contenido por anticipado al adquirirlas sin saber que hay en el interior y que se asemejan tanto a los sobres sorpresa de cuando éramos niños por los cuales abonábamos unas cinco pesetas a cambio de una incógnita, y aun siendo conscientes de que tanto ahora como en aquel entonces no deja de ser una compraventa, la sorpresa no te la quita nadie como nadie puede decir que quien las ha ideado no lo ha hecho con el ánimo de alegrarte el día; y cómo no, están las cajas de los ex, esos seres que guardan en una caja todo los que les unió a su pareja y que aunque les cueste admitirlo el valor sentimental del contenido les obliga a mirar la caja de reojo para comprobar que está en su sitio cada vez que entran en el garaje; como también existen las cajas donde una madre guarda los juguetes de sus hijos para así asegurarles y asegurarse a sí misma que nadie les robara la infancia; y por supuesto, están las cajas del tesoro que de críos escondemos en algún lugar y que luego olvidamos y cuando de adultos las recuperamos de forma inesperada reímos a gusto pues en ella habíamos puesto todo un mundo lleno de fantasía e ilusión que regresa a nosotros en un instante como si no hubiera pasado ni un día; y de este modo podría estar durante horas describiendo a saber cuántos tipos de cajas con la certeza de que cada una de ellas está elaborada con los mismos ingredientes. 
Por ello, estoy segura de que todos vosotros lectores míos tenéis vuestras propias cajas, como Alberto y yo tenemos la nuestra. En los últimos años dado que Alberto y yo cumplimos años casi que el mismo día, para ser más exacta: yo el día doce y él el quince del mismo mes, por nuestro cumpleaños nos regalamos una hermosa caja que ha sido construida por los dos durante el año que dejamos atrás. Alberto suele comprar la caja una semana o dos después de cumplir años y habitualmente está fabricada a mano y es de material genuino, por tanto no es de extrañar que sea una auténtica preciosidad que yo no veo hasta el año siguiente, ―aun sabiendo que ya la ha adquirido―, porque sencillamente me la esconde. Pues bien, con la adquisición de la caja nace todo, puesto que tras ello empezamos a dejar en una gaveta durante el año todo aquello que tiene un significado digno de un momento que debe ser recordado, ya que sabemos que en el futuro cuando lo contemplemos nos hará viajar a una situación llena de dicha. A un momento de nuestras vidas en que fuimos felices y al que siempre desearemos volver. Comenzar a construir una caja es como dar el pistoletazo de salida al año, no sabemos que nos va a suceder durante esos doce meses que tenemos por delante, vamos a ciegas, pero os prometo que siempre encontramos detalles que cuando llegado el momento por nuestro cumpleaños abrimos la caja y los depositamos en su interior nos hacen sentir y constatar cuán afortunados hemos sido ese año, por cuántas cosas debemos de estar agradecidos y dar las gracias.
Así que muy bien podrían llamarse a todas estas cajas, no sólo a la nuestra, sino a todas las cajas que se elaboran con amor: cajas de la felicidad o por qué no, cajas de la esperanza. Pero personalmente prefiero sin saber si es lo acertado o no, llamarlas cajas de celebración pues con ellas de algún modo celebramos la vida. Ya que ellas son el testimonio de cuán felices fuimos un día y con su presencia nos advierten de que siempre tendremos alguna razón por muy pequeña que sea para volver a serlo. De modo que como no tengo ni idea del nombre apropiado que deberían tener: lo dejo en vuestras manos, lectores míos, presintiendo que si tenéis alguna de estas cajas sabéis de qué hablo.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

viernes, 22 de septiembre de 2017

OTOÑO Y HOGAR



«Sondeemos la tierra para ver hacia
dónde se extienden
nuestras principales raíces.
—Henry David Thoreau—



Cuando regresa el otoño y con él, el invierno, no puedo evitar tener la sensación de que he regresado al hogar. Si bien, el verano es el tiempo donde desaparecen los relojes, se derriten los paraguas, se difumina la línea que separa el día de la noche, convirtiéndose todo él, en la época donde se baila sin tapujos con la naturaleza y sus criaturas, se ríe con las puertas abiertas, se come fruta en cantidades ingentes, se lee a mansalva, se nada y te diviertes como si no existiera un mañana, provocando todo eso en nosotros un sentirnos ligeros como si nada importase demasiado o como si las ataduras no existieran, personalmente yo, ahora, desde hace unos años, ya, de preferir prefiero el otoño y el invierno con todas sus promesas y todo lo que conllevan. Prefiero la belleza serena del otoño y el invierno. Si el verano es alboroto, el otoño y el invierno son sosiego. El cuerpo y la mente necesitan del sosiego como del mismo oxígeno. En el sosiego descansan y se alimentan mejor, por ello, todo lo que nos sucede en ese estado toma forma, todo lo que hacemos arraiga, tiene su peso y su poso, llega a nosotros para quedarse. El otoño y el invierno son el orden, la simetría, el equilibrio, la regularidad, la armonía frente al desorden del verano. Es lo duradero frente a lo efímero. El verano es como estar de paso, el otoño y el invierno es quedarse. En julio tuvimos en casa a unos amigos que vinieron a visitarnos y uno de ellos en una de esas veladas infinitas nos hizo una pregunta que desde entonces estoy intentando contestar, con lo cual no es extraño encontrarme a mí misma en repetidas ocasiones meditando sobre su posible respuesta. Quizás, por ello, la formulo a todos mis conocidos, para seguidamente observar cómo se quedan pensativos. De modo, que no voy hacer una excepción con vosotros y por tanto en este momento os la traslado, lectores míos. La pregunta es la siguiente: «¿Dónde tiene un hombre su hogar: donde tiene su corazón o donde cuelga su sombrero?» Con sólo sopesarla unos segundos podréis constatar cómo tiene su aquel, como tiene su miga, aunque a bote pronto pueda parecer sencilla de contestar. Después de semanas de meditación y tras oír diversos razonamientos, me atrevo a decir que muy posiblemente son infinitas las respuestas como infinitos son los hombres. Lo ideal sería tener el corazón y el sombrero en el mismo lugar, pero nunca hay que dejar de lado la complejidad de la vida o cómo el corazón a veces con el paso del tiempo va troceándose y repartiéndose por distintos lares, componiéndose al final de todos ellos. Estoy casi segura de que como más años se tienen la respuesta es más complicada puesto que al ir a contestarla se valoran muchos más factores y se encuentran muchos más matices. O puede ser que yo esté totalmente equivocada y como más años se tienen la respuesta sea cuestión clara y rotunda de rápida solución. No lo sé. Lo que sí que sé es que tras haber reflexionado mucho, hoy por hoy, estoy en disposición de responderla sin riesgo a equivocarme ni de engañar a nadie ni sobre todo a mí misma, si contesto: que yo, es decir, la que escribe estas líneas, sólo me hallo en mi hogar cuando regresa el otoño y el invierno a mi vida. Es más, mi hogar está allí donde se encuentra el otoño y el invierno conmigo. Entonces todo resulta ser más confortable y reconfortante, todo puede llegar a ser perfecto. En ese espacio de tiempo que comprende el otoño y el invierno está mi hogar, y donde cuelgue mi sombrero o donde tenga mi corazón o partes de él se manifiesta como secundario o menos importante para sentirme bien.



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz  

viernes, 1 de septiembre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el primer día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

viernes, 25 de agosto de 2017

SERES QUE NO SE CONFORMAN


«Ser es la mejor forma de explicarse.» 
―Henry David Thoreau―


Estando en una cabaña en Canadá en mitad de la vida, en plena naturaleza, con tu chico y escuchando el susurrar de la voz ronca y desgarrada del canadiense Leonard Cohen os puedo asegurar que todo se relativiza, la línea entre lo que en verdad importa y lo que no, se concreta y se establece. Marcándose en tu interior como un antes y un después, como el ahora y el ayer, como el pasado y el presente. Y todas esas preguntas que jamás te fueron contestadas ni lo serán, caducan; todas las respuestas que no te llegaron en el momento adecuado; prescriben; todas las ansias de palabras que alguien tenía la obligación de decirte y no te las dijo, ya fuese por pereza o porque no le dio la gana, se esfuman. Dándote cuenta de que lo que un día fue primordial para ti, aun siendo trivial, deja de serlo y te detienes admirada en ese segundo de plena consciencia en que ves con una claridad total y una tranquilidad extraordinaria que nada importa de lo que dejaste atrás. ¿Acaso eso no es el principal indicio de que has madurado, de que has logrado alcanzar el nivel de serenidad deseado? Sí, yo creo que sí. Es más, creo que el fruto ya ha caído dentro del cesto, que la serenidad ha borrado el tictac del reloj que marcaba la urgencia de convencer para confirmar lo que tú ya sabías. Y ahí estás tú, con tu chico y sus besos, en un buen sitio en el que vivir y la voz de Cohen como compañía, y sabes que ya no va hacer falta mucho más para ser feliz, que el ser que no se conformaba y que has sido durante toda tu vida está sosegándose, se ha calmado, como si por fin hubiese encontrado su estadio ideal. Esa niña de nueve años, —cuya fotografía te acompaña siempre en cada uno de los viajes que emprendes y en todos los proyectos que acometes—, a la que tú le prometiste cumplir sus sueños y cuidar de ella, se da cuenta de que ya lo ha logrado, que ya tiene lo que deseaba, que con disciplina, mucho trabajo y una gran dosis de talento, sus sueños e ilusiones, se han convertido en una realidad tangible; y ahora, como si hubiese llegado la hora del recreo advierte y le entra la risa al comprobar cómo la vida ha pulsado la pausa, —como si de una tecla se tratase—, y se encarga de ir cribando, relativizándolo todo. La vida con su tiempo no es que ponga a cada uno en su lugar, sino que una vez tú ya has hecho tu parte del trabajo, te hace el regalo de  mostrarte lo que en realidad importa. Va quitando hoja tras hoja y deja delante de tus ojos, a la vista, el cogollo de la existencia. Entonces el ser que no se conformaba y que quería escribir novelas que valiese la pena leer puede por fin respirar y decirse a sí misma, estando en lo cierto, sin que sea humo su cavilación: «Lo conseguí. Ahí están mis novelas, mi trabajo, mi trayectoria literaria, puedo permitirme aflojar el ritmo, y puedo con Alberto vivir al  compás de las estaciones, sin que nada me apremie, puedo vivir al ritmo de la naturaleza. Ya que he demostrado que soy lo que quería ser. Lo que soy es lo que es. Y ser es la mejor forma de explicarse, como diría Thoreau. Si alguien quiere entenderme o conocerme mi obra habla por mí. Ella, soy yo.»
Y de la misma forma como la disciplina y el creer en mí me ha llevado hasta aquí, Alberto ha hecho tres cuartos de lo mismo. Pues, es él, el responsable de haberme trasladado en volandas de nuevo hasta la naturaleza, hasta la clase de vida que yo amo tanto y que en la vorágine de no conformarme olvidé. Es una realidad que quien más nos ama, quien mejor nos conoce, sabe qué es lo que necesitamos exactamente en cada momento; y mientras, yo tejía historias, hilvanaba palabras y publicaba novelas, él se encargaba de devolverme al origen de mi mundo, incluso al de mis historias, es decir, al lugar de mi infancia, o lo que es lo mismo, a vivir en plena naturaleza. Mientras yo estaba totalmente sumergida en mi presente, él construía un futuro para los dos. Y ahora desde aquí, desde ese futuro, en este espectacular enclave, desde el día de hoy, desde nuestro presente, de la misma manera en que sé: que si bien, muchas cosas y personas, han quedado atrás para siempre porque han perdido todo el interés para mí y eso es algo que debo decir que ni siquiera me entristece, también sé, que en su día me importaron y fueron como pequeños escalones que al subirlos, al vivirlos, me han conducido al día de hoy. Si esto no es madurar, que alguien me diga qué es. Tengo cuarenta y tres años, he cumplido el sueño de la niña que fui y he vivido una vida muy intensa en todos los aspectos, me resulta raro pensar que pueda vivir otros cuarenta, por muy larga que sea la esperanza de vida, no apostaría nada a que doblar la edad que tengo ahora sea algo factible. La apuesta que sí que estoy dispuesta hacer es a que los que me quedan por vivir, vivirlos con lo que en realidad me importa, a otro ritmo, al compás de lo que a fecha de hoy en verdad amo, de lo que me interesa, de lo que me hace apaciblemente feliz, pues la niña que no se conformaba, la niña de la fotografía que tenía una ambición concreta y unos sueños, al constatar cómo estos se han materializado, puede satisfecha abrir los ojos y mirar la inmensidad de lo que la rodea, de lo conseguido y sentirse afortunada.
Aun así, te puedo asegurar lector mío, que mientras viva en plena naturaleza, mientras tenga a mi chico al lado, mientras siga disfrutando de las canciones de Cohen, mientras siga aprendiendo, prometo seguir contándote buenas historias, confeccionadas con los elementos más elevados de la vida como siempre he hecho. Eso es lo único que no ha variado ni cambiado en mí: escribir, inventar historias, con el ánimo de mover tu sangre o remover tu interior.



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz
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[Fotografía de Alberto Fil]

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el último viernes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 23 de agosto de 2017

SALA DE PENSAR


«Tal vez llegará un momento en que cada casa tendrá no sólo dormitorios, comedor, sala de estar, sino también una sala de pensar, y los arquitectos la incluirán en sus planos. Estará amueblada y adornada con aquello que induzca a un pensamiento serio y creativo.» Esta reflexión fue escrita por Henry David Thoreau en un Yanqui en Canadá en octubre de 1850, tras visitar el interior de la majestuosa basílica de Notre-Dame de Montreal y brotar de dentro de sí el deseo de poder sentarse a pensar en ese templo cualquier día de la semana, fuera de todo oficio religioso, de encontrarse éste en Concord. Y si ahora mismo traigo este pensamiento de Thoreau aquí es porque a colación ha regresado como un fogonazo a mi mente la pregunta que hace mucho tiempo me hizo un amigo. Su pregunta, —palabra más, palabra menos—, fue la siguiente: «¿Qué es lo que haces para poder escribir a diario, si acaso te bloqueas cómo reviertes la situación?» Recuerdo que le contesté: «Sumergirme en la naturaleza. Observarla, deleitarme con ella, vivirla. Ando, camino, respiro por lugares donde pueda estar en total contacto con el vientre de la Tierra. El frufrú de las hojas; el vuelo, el trino, los nidos de los pájaros; el sonido de los insectos; el discurrir de un río; el rumor de la mar; el ir y venir de cada ser vivo; el color del cielo, su luz, incluso su niebla o sus nubarrones; el ulular del viento y sentirlo en mi cara; como también notar el sol, la lluvia, la nieve sobre mí es todo lo que necesito.» Sé que se quedó maravillado, o más bien, asombrado con mi respuesta, pues un rictus de extrañeza se asomó en su rostro, mucho me temo, que esperaba que le dijese: «Me quedo sentada, sin moverme, frente a la página en blanco y espero hora tras hora a que lleguen las musas.» No sé si mi respuesta lo decepcionó y cambió su opinión sobre mí o sobre el oficio de escribir, pero no importa. Pues lo importante siempre es la verdad y la verdad o mi realidad os aseguro, lectores míos, es que jamás he sido de quedarme quieta y para que aflore alguna idea de mí necesito movimiento. Para concentrarme necesito movimiento; para escribir necesito movimiento; para reescribir un borrador necesito movimiento; para descansar y volver a cargar pilas necesito movimiento. Y ese movimiento siempre pasa por la naturaleza, nunca por el asfalto. Y si bien, Thoreau en la basílica de Montreal encontró el silencio y la semioscuridad del templo como invitación para pensar; yo, la halló en plena naturaleza, al aire libre, tanto el silencio como la inspiración y la invitación. La naturaleza me satisface de tal modo que es muy fácil que desborde en mí la alegría al saberme parte del TODO que es. Sentirme parte de ese TODO, no al margen, es para mí lo más parecido al paraíso en la Tierra. La naturaleza me llena de dicha, de energía positiva, me resulta vitamínica. Con lo cual es fácil deducir cómo es mi sala de pensar, dónde se halla, dónde podré encontrarla siempre, y volviendo al inicio y escribiendo esto en mi sala de pensar, es decir en mitad de la vida, hago mío otro de los pensamientos de Henry David Thoreau escrito en su diario el 22 de junio de 1851: «Mi pulso debe latir con la naturaleza.» Puesto que así es, de ese modo lo siento, y ello, me hace enormemente feliz.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 
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[Fotografía de Alberto Fil]

lunes, 21 de agosto de 2017

Naturaleza sin pausa

 


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el tercer lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 16 de agosto de 2017

LECTORES IDÓNEOS O NO


«Más de un hombre ha iniciado una nueva época
de su vida a partir de la lectura de un libro.»
Henry David Thoreau


En Desayuno en Tiffany's he descubierto una magnífica novela. Una lectura provechosa. Un regalo sorpresa que la vida me ha hecho. Truman Capote es grande. Pero en este momento de mi existencia lo es todavía más, porque ahora puedo apreciar mejor y valorar en toda su magnitud tanto la calidad de su novela, como los matices y colores que posee su forma de narrar. Al leer Desayuno en Tiffany's se han revelado como una realidad de nuevo mis tres creencias favoritas. Una, que los mayores placeres siempre resultan ser los inesperados; dos, que sólo se lee con provecho, disfrutando de la lectura en toda su esencia cuando se ha vivido. Mientras tanto las lecturas sólo son una forma de matar el tiempo antes que éste te mate a ti o un entretenimiento sin ninguna ambición, y ello no sucede porque lo leído sea de poca calidad y su autor no tenga talento, sino sucede porque al lector le falta vida por vivir y carece de bagaje, de fundamento, es decir, de la experiencia en primera persona con la que sacarle todo su jugo a la historia que está leyendo. No exprimir una lectura es algo que ocurre habitualmente en las primeras edades y en algunos casos incluso después, entonces el lector tiene la tendencia a tildar de mala una novela sin ni siquiera darse cuenta de que el problema está en él, al que le falta la experiencia necesaria para leer entendiendo y compartiendo, pues no comprende lo que lee, no lo absorbe; aunque muy probablemente, en ese tiempo, todavía carece también de la agudeza para formular ese pensamiento y además tampoco repara en que lo que para él resulta ser una mala historia para otros será todo lo contrario, pues no hay novelas malas, lo que hay lectores idóneos o no. Pues cada título lleva en lo más hondo de sus entrañas a su particular lector y sólo deben encontrarse para que aparezca la magia y surja de ella la comunión perfecta, la unión sin fisuras, la belleza del equilibrio sin red. Y ahí se pone de manifiesto mi tercera creencia, esa que me hace pensar, que los libros tienen una vida propia, unos hilos invisibles que nos aproximan a ellos en el momento adecuado, cuando nosotros más los necesitamos, por eso ese encuentro inesperado resulta ser tan placentero y su lectura tan provechosa.
Lectores míos, ni aun prometiéndomelo, voy a creerme jamás que nunca se ha cruzado inesperadamente en vuestro caminar un libro que en esa hora os ha llenado de dicha, os aportado consuelo, os ha hecho sentir afortunados e incluso os ha reconciliado con el ser humano y el mundo.
No me mintáis, ni aunque sea para llevarme la contraria, porque yo sé que sí. 
Sé que os ha sucedido, y estoy segura que en más de una ocasión.
Entonces, pues: ¡Brindemos por todos los libros, y con ellos, por todas las historias que están todavía por llegar a nuestras vidas!


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 

lunes, 14 de agosto de 2017

Naturaleza sin pausa


 La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 9 de agosto de 2017

LA VALIJA


«No puede haber una melancolía realmente negra
para el que vive en medio de la naturaleza
y goza de sus sentidos.»
Henry David Thoreau


Hemos descubierto en la cabaña que ahora habitamos Alberto y yo en Canadá, en mitad de la naturaleza, una enorme valija situada en el altillo de ésta. Como la curiosidad es quien impera en nuestra vida, ni siquiera hemos pensando si abrirla o no, sencillamente la hemos abierto, a favor nuestro decir que no estaba cerrada con llave, así que nadie nos puede llamar la atención. Al ver su contenido Alberto ha soltado una de sus carcajadas sarcásticas y yo un entusiasmado: «Increíble». Nos hemos sentado frente a ella para sacar parte de su contenido, pues a bote pronto es imposible pensar en sacarlo todo. Os estaréis preguntando, lectores míos, qué contiene la valija. Pues, la valija contiene una cantidad ingente de libros en perfecto estado que ya han sido leídos, pero que se conservan bien. Supongo que la valija los aísla del mismo modo del calor como del frío, de la humedad como de la sequedad. Y si en un primer momento hemos pensado que eran del mismo dueño, al ir hojeándolos hemos comprobado cómo cada uno está datado con fechas de lectura diferentes y por gentes distintas con lo cual hemos llegado a la conclusión de que cada persona que pasa por esta cabaña cuando descubre la valija guarda en ella los libros que ha podido traer consigo para leerlos en este paraje, para que así se queden dentro de ella por siempre jamás; de la misma manera como lee, si le apetece, los títulos que en su día, otras manos depositaron en su interior. Me ha parecido un gesto vibrante, lleno de alma, el convertir al libro y la lectura en testigos de quién pasa por este lugar. Hay fechas de todas las épocas, títulos de todos los géneros y en todas las lenguas. Y si Alberto se ha reído, ha sido porque al ver el hallazgo, sabía que en mí se produciría una explosión de felicidad. Manos a la obra hemos seleccionado algunos títulos que van a formar parte de nuestras lecturas, mientras estemos aquí, junto a los libros que nosotros hemos traído, y evidentemente ambos sabemos sin consultárnoslo que también dejaremos los nuestros dentro de la valija. En un acto que nos va a unir con todos esos seres humanos que siguen teniendo el libro como uno de los mejores refugios. A los dos nos ha parecido: el hecho de leer en esta cabaña que es también refugio de montaña para quien considera que leer es un refugio en sí mismo, algo muy semejante a rizar el rizo, pero de una manera significativa y hermosa. Por no decir, cautivadora.
Así que, hay silencio, sólo se oye el bullir de la vida en su verdadero estado, nada estorba, disfrutamos de todos nuestros sentidos, tenemos el corazón contento y nuestras almas libres están complacidas, estamos vivos, y es tal el sosiego de nuestros días que incluso podemos leer de un tirón. Sí, lectores míos, esta es una de esas situaciones, uno de esos instantes, en que puedes decirte a ti mismo sin riesgo de equivocarte: «Sí. Todo está bien. Todo está maravillosamente bien.»
Entonces leamos pues. Vivamos maravillosamente bien.
Deciros, por si sentís curiosidad, que el primer título que he escogido de dentro de la valija para leerlo es Desayuno en Tiffany's. Novela que sé que leí hace más de veinte años como mínimo, pero de la cual no recuerdo el argumento, y la película aunque pueda resultar extraño he de confesaros que no la he visto jamás. 
Así que ahora, con vuestro permiso: callo, leo, vivo.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz
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[Fotografía de Alberto Fil]

lunes, 7 de agosto de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el primer lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

lunes, 31 de julio de 2017

Naturaleza sin pausa



La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el último día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 26 de julio de 2017

EQUILIBRIO SIN RED


Cuán de maravilloso tiene ese momento, ese instante mágico, si me lo permitís, lectores míos, denominarlo de ese modo, en que estás leyendo una novela y compruebas cómo el ritmo, el tono y el estilo de la narración encajan sin ninguna fisura y con total armonía y plenitud con tu forma literaria de ser. Ese instante es de una belleza sin igual. De ahí, lo mágico. Ya que notas que estás ocupando un espacio perfecto, sin aristas. Redondo y sublime. Sientes al leer que si no estás instalado en la misma perfección, estás muy cerca de ella.
Solamente los libros, tan distintos los unos de los otros, como las personas, son capaces de transportarnos a ese lugar donde la hora y el mundo resultan ser perfectos. Donde todo es digno de ti y tú eres digno de todo. Sólo algo tan inabarcable y tan difícil de definir como es la literatura es capaz de trasladarnos y colocarnos en una estancia donde todo está en comunión. Únicamente las palabras escritas en negro sobre blanco con total intencionalidad por una mente hábil y experimentada hasta formar una historia son capaces de mantenernos suspendidos en la nada y en equilibrio en una belleza sin red. Estoy más que segura, lectores míos, que habéis experimentando ese regocijo de estar suspendidos en equilibrio y sin red en la belleza de entre una página y otra, cuando piensas: «¡Qué no se acabe, por favor, que no se acabe!» Deseando con todas tus fuerzas quedarte a vivir en ese instante mágico, dentro de un libro. Lo deseas con la fuerza del niño que fuiste, aquel que se sentía capaz de tocar las estrellas y la luna con sólo proponérselo. Aunque lo verdaderamente fastidioso no es saber en mitad del regocijo que la fugacidad del instante mágico que estamos experimentando es algo real y que ese querer hacer perdurable el equilibrio sin red conseguido es un imposible; no, hay algo peor que la fugacidad y es la interrupción. Ahí estamos en pleno equilibrio cuando aparece el estorbo. Y plof, nos caemos y nos damos de frente con la cruda realidad, ¿a qué sí? No obstante, es tanto el poder de la literatura que la caída no nos produce ni un chichón. ¿Y por qué? Porque somos conscientes de que cuando abramos de nuevo el libro y retomemos la historia en el punto en que la hemos dejado, por una especie de sortilegio hallaremos de nuevo la belleza del equilibrio sin red.
Y de ese modo, a ratos y a horas, sin darnos ni siquiera cuenta, nos vamos convirtiendo en nuestra vida lectora en cazadores de instantes mágicos. Por eso, seguro que muchos de vosotros los buscáis cuando todos duermen. Sí, lectores míos, lo hacéis y lo hacéis con nocturnidad y alevosía, para estar libres de todo estorbo y de toda interrupción. Y, una vez allí, en esa parcela de tiempo detenido miráis a vuestro alrededor y con una sonrisa traviesa os sentís bienaventurados. Pues qué bonito es sentirse funámbulo, saberse sin red y en total equilibrio. No digáis que no. Ya que lo es.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz  

lunes, 24 de julio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 19 de julio de 2017

ALTURA DE MIRAS




Tener altura de miras básicamente es comprender. Así de simple y así de complejo. Comprender a los demás con el fin de obtener el bienestar de la comunidad en la que estás o de la que formas parte, es decir, tu pequeño mundo o en mi caso también por allí donde transito aunque sólo esté de paso. Según mi estimada amiga Osbelia tener altura de miras es poseer la mayor de las virtudes, la más elevada, pues te permite volar libre. Ya que según ella las ataduras mentales son lo peor, denominando ataduras mentales: a la estrechez de miras, a las limitaciones y cortapisas que uno mismo puede llegar a autoimponerse y que le impiden ver la existencia de cada ser como lo que es: un hecho no juzgable que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Vivir, lectores míos, lleva implícito tanto el derecho a no ser juzgado como la obligación de no juzgar. Cuántos juicios de valor se modificarían radicalmente de uno ponerse en los zapatos de los otros. Pero de sobra sabemos, pues todos nos hemos topado con ellos en nuestro caminar, que hay hombres y mujeres que no sólo juzgan, sino que dictan sentencia y condenan. Aplicando un vara de medir que dista mucho de ser la que se aplican a ellos mismos. Os puedo decir, con la misma franqueza de siempre, que jamás me he visto con la capacidad ni el derecho de juzgar a nadie. Y aun siendo rematadamente curiosa, nunca he sentido ni un ápice de curiosidad por saber qué se siente al ser jurado popular. Es más, qué Dios me libre de semejante tesitura. En mi naturaleza no está ni el juzgar a los demás ni siquiera el entrometerme en las vidas ajenas. Me entusiasma observar el comportamiento de las almas para retratarlo después en mi trabajo y lo observo con el ánimo y la intención de comprenderlo. Pero hay una diferencia notable entre entrometerse o juzgar y observar para comprender. Tal como pasa la vida y voy acumulando años y vivencias, del mismo modo como mi capacidad de comprensión aumenta y mi tolerancia también, juzgar se me torna un imposible. Y, en cierta medida si soy así, es gracias a mi oficio. El oficio de escribir me ha hecho ser todavía más comprensiva, tolerante y universal. Porque es una realidad que las gentes sufren y lloran, se alegran y ríen por las mismas cosas en todas partes del globo terráqueo. Por tanto cuando os digo que jamás juzgo a nadie: Creedme. Así es. Os doy mi palabra. No estaría orgullosa de mí, si cayese en el error de juzgar. Y, os prometo también, que no juzgar no es algo que deba imponérmelo como un trabajo forzado, no juzgar me sale de manera natural, sin esfuerzo. Supongo que cuando Osbelia me dijo que poseía altura de miras, se refería a eso exactamente, a mi incapacidad para juzgar a los demás. Y, si me preguntaseis sí creo que tengo altura de miras. Os contestaría que sí, porque si valoro, y valorar no es juzgar, el comportamiento o la actitud de alguien, no la valoro según los criterios que rigen mi vida, lo valoro teniendo en cuenta que cada uno tiene sus directrices, por tanto todo cabe, a no ser que sean comportamientos deleznables, es decir, que agredan a otro ser vivo colocándolo en situaciones peligrosas, causándole el mal o daños irreparables. De no ser así, en la vida todo cabe y todo es válido. Pues cada uno va por el mundo según su música. Y si hay una que debe resaltar y prevalecer sobre el resto es la de la libertad, la de tener derecho a vivir como a uno le venga en gana. Tener altura de miras es comprender eso y llevarlo a término, quiero decir que si hay que mediar entre posturas opuestas para encontrar un punto de acuerdo o en común para que la paz reine en la vida de los que te rodean, se hace. Si hay que defender hechos que para mí pertenecen y están dentro de la libertad de cada uno, se hace. Pues, como diría Osbelia no hay nada peor que las ataduras, limitaciones, cortapisas mentales, no te dejen empatizar con otro ser y ver que delante de ti hay alguien que siente y vibra igual que tú. No ver en verdad que quien tenemos delante es otro ser humano, es de ser cafres o unos redomados idiotas, es caer en el error de considerarnos mejores que los otros, y lo que es peor, incluso, más libres para juzgar sin ser juzgados.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz