jueves, 22 de junio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo día del verano. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

EL REY DEL PAN


Los días pasaron como un suspiro y todo tenía ecos de despedida, Alberto, lo pensó cuando una mañana miró el calendario que colgaba de la pared del despachito de Jerie en El Rey del Pan y se dio cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo desde que entró por primera vez en la panadería. Jerie era un buen hombre. Era sagaz, franco y leal. Escuchaba a los demás y era atento. Trataba a Alberto como a un amigo de toda la vida, puesto que desde que lo conoció, unos días antes, tuvo la impresión de que estaba ante un buen tipo. Un hombre inteligente y honrado, seguramente un trabajador incansable. Pero también supo que estaba en la isla de paso, que no se quedaría mucho tiempo. Por eso no le extrañó que no fuese un candidato para el puesto de trabajo que ofertaba en la panadería. Cuando de la boca de Alberto supo que no había ido a la panadería por el trabajo, sintió alivio, pues Jerie prefería que las personas que le caían bien no trabajasen para él, prefería tenerlos sólo de amigos. Y ser amigo de un empleado es un imposible ya que la tirantez entre patrón y trabajador existe y tarde o temprano aflora. Nadie es amigo de sus jefes, ni ningún jefe es amigo de las personas a las que les paga un sueldo a final de mes; por más que se finja lo contrario. Jerie no es hipócrita. Sabe lo que pasa entre patrón y empelado, porque antes de haber sido jefe ha sido trabajador por cuenta ajena, durante décadas. Todo esto y muchas cosas más nos las confesó Jerie la noche en que vino a cenar a la casa. Como también nos confesó que al conocerme a mí se reafirmó en la primera impresión que tuvo al conocer a Alberto de que estaba de paso por la isla.

—Se os nota que sois del tipo de personas que llegan a los lugares y saben en el fondo de su corazón que tarde o temprano partirán.
—¿Vagabundos? ―le preguntó Alberto.
—No. Los vagabundos van desorientados, vosotros no. Vosotros sois viajeros. Sois unos viajeros. Se os ve a la legua. Sois como dos gotas de agua en eso. Os parecéis más de lo que imagináis. Es más, en muchísimos aspectos sois como dos gotas de agua. Ella es igual que tú ―dijo Jerie señalándome a mí y mirando a Alberto― Decidme: ¿Qué se siente?
—¿Qué se siente, cuándo? ―le respondió Alberto.
—Siendo viajeros. ¿Qué sentís dentro de vosotros para desplazaros de un sitio a otro?
—Unas ganas terribles de partir, como cuando se tiene hambre. Se va instalando en ti un peso que no puedes soportar y sólo tienes en mente marcharte a otro lugar y descubrir sitios nuevos y gente nueva. Y cuando partes te sientes libre y esa libertad no se puede comparar con nada. Te notas ligero como la brisa. Sientes una profunda necesidad de sentirte libre, ligero y sin ataduras ―le explicó Alberto y yo asentí con la cabeza.
—Y por lo visto es innato. Antes de conoceros pensaba que lo de ser viajero era una actitud, ahora veo que es una necesidad innata. Algo que lleváis dentro de vosotros desde antes de nacer.
—Es posible ―le respondí yo a Jerie.
—¿En cuántos lugares habéis estado? ―nos preguntó Jerie.
—No los hemos contado, la verdad sea dicha, pero en muchos. Pero no en tantos como probablemente crees, todavía nos queda Asia, América del Sur y buena parte de África ―le indicó Alberto.
—Hay madrugadas en las que mientras horneo el pan, pienso que me gustaría ser como vosotros.
—No lo creo. Amas demasiado la panadería ―le dijo Alberto.
—¿Qué me estás diciendo Alberto, que he echado raíces en la panadería? —Alberto asintió y Jerie rió de buena gana. Tras esa conversación durante la velada que Jerie pasó en la casa, nos convertimos en muy buenos amigos, en verdad lo creo. Y ahora sentimos una verdadera estima por Jerie, un verdadero afecto, pues es un ser sin dobleces, que va de frente. Es un ser entrañable, de esos que te reconcilian con la humanidad al conocerlos. Es una persona de las que vale la pena. Y sólo por el hecho de haberle conocido, esta isla cobra más valor. Y tanto Alberto como yo sabemos que lo primero que recordaremos siempre al pensar en esta isla y en los días pasados en ella, será en nuestro amigo Jerie, El Rey del Pan.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 

EL TIEMPO SIEMPRE VUELA PARA LOS VIAJEROS


Sin ni siquiera darnos cuenta, ni percatarnos de ello, los días nos pasan volando. Amanece y en un parpadeo, en un abrir y cerrar de ojos, ya es de noche. Cuando tomo conciencia de la hora que es, siempre recuerdo a Osbelia y sonrío. Osbelia me ha dicho en infinidad de ocasiones que cuando pierdes la noción del tiempo es porque eres feliz. Todavía me carteo con ella. Ayer mismo le escribí una carta, desde aquí, desde la casa de la isla, desde este nuevo enclave que habitamos Alberto y yo. Osbelia de alguna manera, me recuerda a la Osbelia del deshollinador de la historia que me contaba mi bisabuela. A veces, me gusta imaginar que son la misma persona, aunque sé que es algo imposible, pues cada una pertenece a una época distinta. Y además la Osbelia del deshollinador se quedó detenida en el tiempo como una muchacha joven. En cambio, mi Osbelia, a día de hoy es anciana, tanto, que su piel parece un delicado pergamino. No obstante, su edad no le ha restado ni un ápice de ingenio, ni de lucidez. Posiblemente, de todas las personas que pueblan mi existencia, Osbelia es la persona más lúcida y de mente más abierta. Cuando la conocí ya vivía en su pequeño apartamento de París donde todavía vive. Pero ahí donde la ves, es una mujer que ha recorrido todo el mundo y ha vivido en infinidad de lugares puesto que fue una de las primeras maquinistas de la historia del ferrocarril. Vivió alrededor de cuatro décadas en América, sobre todo en Boston, pero para su vejez decidió regresar a la ciudad que la vio crecer: París. Y, en París, la conocí yo. Y es a París donde le envío las cartas. Nos conocimos en unos prestigiosos grandes almacenes de la capital francesa, concretamente en la sección de cosméticos. Ambas buscábamos una barra de labios de un color determinado y ambas reímos al unísono al ver la cara de la dependienta cuando pensó que tal vez ella tenía demasiados años para escoger la misma barra que había escogido yo. Osbelia al ver el rostro de la muchacha le espetó: «Debería saber mademoiselle que cualquier mujer, tenga la edad que tenga, sólo está realmente preparada para afrontar los avatares de la vida cuando lleva maquillados los labios. De ese modo, le aseguro, que es capaz de todo. Así que déjese de remilgos y atiéndanos como es debido a esta jovencita y a mí.» Al oír a Osbelia, el rubor cubrió las mejillas de la dependienta, y automáticamente bajó la cabeza y musitó un: «Sí, madame.» Y, sin haberlo hecho a propósito, ese instante fue el cimiento de nuestra amistad. Desde ese glorioso momento, la admiro; por ello, la frase que le dijo a la dependienta se quedó grabada en mí sin necesidad de memorizarla. Minutos después, tras comprar nuestras respectivas barras de labios, las dos nos sentamos en la chocolatería de los grandes almacenes y cuando Osbelia se fijó en que pedimos lo mismo, soltó una sonora carcajada. Aquello me gustó. Yo también reí. Me gusta la gente que ríe con facilidad y no esconde la risa. Entonces fue cuando ambas nos dimos cuenta de que podíamos ser amigas y que la diferencia de edad no iba a ser ningún impedimento para ello. Las dos tenemos un carácter abierto y avispado, nos gusta conversar y con el tiempo nos hemos dado cuenta de que compartimos la misma opinión sobre muchos temas. Allí sentadas hablamos, hablamos y hablamos y perdimos la noción del tiempo, cuando nos dimos cuenta, Osbelia me dijo por vez primera: «No te olvides nunca de que cuando pierdes la noción del tiempo es porque eres realmente feliz.» Esa fue una de las primeras enseñanzas sobre la vida que Osbelia me dio. Por aquel entonces, Osbelia tenía la costumbre de darme consejos sobre la vida sin yo pedírselos. Consejos que yo anotaba mentalmente para no olvidarlos cuando abandonase París. Y fue al marcharme de París cuando empezamos a cartearnos, ya que a las dos nos gusta saber de la otra, pero sobre todo porque nos gusta escribir cartas. En las mías yo le cuento las aventuras que vivo en cada momento y en cada lugar por donde Alberto y yo transitamos, mientras que ella me cuenta en las suyas las que vivió en su tiempo. Me entusiasman sus cartas, pues todas juntas forman un todo que da fe de la vida de una auténtica pionera que es lo que para mí representa Osbelia. Valoro tanto sus cartas que las guardo como un tesoro junto al regalo que me hizo antes de que yo me fuese de París. Con emoción Osbelia me llevó a un estudio de fotografía. Concretamente al de J. Briffault para que éste nos hiciese una fotografía de las dos juntas. Luego nos hizo dos copias y cada una tiene la suya. Recuerdo bien ese día, porque fue cuando me dijo que de tener una nieta le hubiese gustado que fuese como yo, puesto que yo amo las palabras antes que los números, las historias antes que los chismes, pero sobre todo porque tengo altura de miras, y según ella, esa es la mejor de las virtudes, porque te permite volar libre. Y añadió: «Las ataduras mentales son lo peor del mundo, hija mía.» 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 

EL VIEJO LOCO DE LA ISLA


«Y en ese nuevo mundo había quien penaba sus penas de amor vertiendo lágrimas y otros, los más sabios, las penaban comiendo pan y dejando que el tiempo volatilizará aquel sentimiento de traición.» ¡Fascinante! Me pareció desde un primer momento realmente fascinante la historia que me contaba Didier. Didier es como el punto negro de la isla. Todos le evitan ya que creen y lo creen como si de una certeza se tratase que rondarle te echa encima la mala suerte, de modo que los vecinos llevan a rajatabla lo de evita la ocasión y evitaras el peligro. Didier es un viejo loco y se sabe que está loco porque se comportaba como tal, es decir, da vueltas sobre sí mismo, gira sobre su propio eje y repite sistemáticamente los mismos comportamientos y movimientos, y también tiene siempre la misma actitud. Cuenta desde hace muchísimos años la misma historia, una vez tras otra. La ha repetido tantas veces que ha erosionado su día a día, su tranquilidad y los mimbres con los que está hecho. Esa historia ha sido para él como la gota que cae siempre en la misma superficie hasta agujerearla, le ha agujereado a Didier el cerebro.
Descubrí a Didier una mañana en que Alberto se fue a fotografiar el fondo marino y Nuna y yo que le esperábamos correteando por la playa, le vimos sentado en un banco frente a la mar. Desde ese día nos dimos cuenta de que cada día que pasábamos por allí, Didier estaba siempre sentado en el banco, dándole la espalda al mundo. Pero cuando yo tenía la intención de acercarme a él, Nuna ladraba y yo obedeciendo a la perra, daba la vuelta y me marchaba, prometiéndome que a la mañana siguiente le preguntaría a aquel hombre quién era. De modo que una mañana en que el cielo estaba cubierto de nubes y éstas estaban preñadas de lluvia me decidí a verle el rostro y a escuchar su voz, y en un ataque de valentía e imprudencia mandé callar a Nuna y me acerqué al banco donde estaba sentado Didier. Aproximarme a él por detrás no me pareció correcto, no quería darle un susto por nada del mundo, así que grité: «Buenos días, señor.» Alcé tanto la voz que incluso yo misma me di cuenta de lo estridente que había sonado el saludo.
—Buenos días, forastera —me respondió Didier.
—¿Cómo sabe que soy forastera?
—Porque todas las mañanas, desde un tiempo a esta parte, os veo pasear a tu perra y a ti. Y sé que no sois de aquí.
—¡Ah!
—¿Ya os vais a vuestro país? —me preguntó Didier.
—No, de momento no, señor.
—¿Cómo se llama tu perra?
—Ella es Nuna.
—Mi nombre es Didier. Encantado de conocerte Nuna —Didier le hizo una reverencia a Nuna y yo no pude evitar reírme.
—¿Me permite hacerle una pregunta? Aunque esto ya es de por sí una pregunta. Me refiero a otra pregunta, además de la que le acabo de realizar.
—Sí. Claro ―me respondió el hombre.
—¿Por qué siempre está sentado aquí solo, sin hablar con nadie? —al verle la cara a Didier me di cuenta de que no era ningún adefesio, ni tenía verrugas, ni ninguna cicatriz, ni nada que pudiera resultar desagradable a la vista y repeler por tanto a la gente. Incluso, pensé, que alguna vez debió de ser guapo. Por eso me extrañó la soledad que desprendía, a no ser que fuese buscada.
—¡Huy! Porque ya nadie quiere oír mi historia. Todos los de esta isla la conocen. Están hartos de mí. La gente se harta y uno se vuelve invisible.
—¿Puede contármela a mí? Yo no la sé, y Nuna tampoco.
—Eso es magnífico. ¿En serio quieres escucharla?
—¡Claro que sí! Por supuesto. Me encantan las historias.
—¿Quieres que empiece ahora? Te aviso de que es larga.
—No. Ahora no. Mejor mañana. Ahora Nuna y yo debemos volver a la casa, además creo que de un momento a otro va a llover. ¡Mire, ya están cayendo las primeras gotas!
—Vale. De acuerdo. Entonces hasta mañana. ¡Corred chicas! ¡Corred antes de que os alcance la lluvia! —dijo Didier, y Nuna y yo echamos a correr hacia la casa. La tormenta había decidido descargar sobre la isla y corrimos bajo la lluvia, empapándonos felices pues había una cierta belleza salvaje en aquel acto de correr y no poder evitar calarse hasta los huesos. Cuando llegamos a la casa estábamos empapadas y sin resuello y Alberto nos miraba maravillado. Me percaté, en ese momento, de que cuando empezó a llover, Didier no se había movido del banco. Nos ordenó que corriésemos, pero él no se movió. Sin embargo, desestimé el pensamiento por absurdo y no le di más vueltas. Y a la mañana siguiente cuando el hermoso sol nos cubrió a todos de gloria, y Nuna y yo nos dirigimos al banco de Didier, sin entretenernos con nada, ni con nadie, ni en ningún lugar y le encontramos allí, en la misma posición y con el mismo semblante, con la ropa todavía húmeda, el pensamiento que había desechado el día anterior regresó a mí, pero no osé en preguntarle si lo que intuía era real. De modo que de nuevo lo dejé estar y tras darle los buenos días, le invité a degustar y comer unos panecillos rellenos de mermelada de melocotón que Alberto había traído de la panadería y que yo había colocado en una bolsa de papel para compartirlos con Didier.
—¡Oh! ¡Excelente! —exclamó Didier.
—¿Le gustan?
—Están riquísimos —me respondió Didier, que devoraba los panecillos como si llevase siglos sin comer.
—Me alegro de que le gusten.
—¿Por qué me has traído panecillos? —le preguntó Didier.
—Porque Alberto me ha enseñado que a quien te cuenta una historia, siempre se le debe dar algo a cambio. Si no trae mala suerte. Pues las historias no pueden ser gratis. Se le ha de pagar con algo a quien te las cuenta.
—Sabio consejo. ¿Quién es Alberto?
—Un viajero. ¿Me va a contar su historia?
—Si te empeñas forastera.
—¡Claro que sí! Soy toda oídos. ¡Vamos, Didier, cuénteme la historia! —y Didier se puso a contarme su historia y en verdad era larga porque habían trascurrido tres horas cuando llegó el final de la misma: «Y en ese nuevo mundo había quien penaba sus penas de amor vertiendo lágrimas y otros, los más sabios, las penaban comiendo pan y dejando que el tiempo volatilizará aquel sentimiento de traición.» La historia me fascinó y así se lo hice saber. Por ello aplaudí cuando Didier la finalizó y aunque la historia tenía todas las hechuras y componentes de una historia de amor que termina mal, por tanto, era muy triste, me pareció muy pero que muy hermosa. Didier no se tomó a mal los aplausos, entendió que aplaudía por la narración en sí, no porque me alegrase de que él fuese el protagonista de un romance malogrado. Y mientras Didier disertaba sobre la exactitud y lo gratificantes que resultan ser los aplausos, le pregunté:
―¿Podrá contarme otras?
—No. No tengo otras. Solo tengo una historia y es la que te he contado. Puedo contártela todos los días si quieres, pero siempre la misma. Por eso ayer te dije que toda la isla la conoce. Se me han acabado los oyentes.
—¿Y por qué no va por los caminos del mundo? En ellos, encontraría a muchísima gente dispuesta a oír su hermosa historia y cada vez los oyentes, como usted los llama, serían distintos. Podría ser algo que estuviese bien —Didier rió al oírme.
—No te digo que no. Me lo pensaré. Quizás sea hora de irme a otro lugar —me dijo Didier, pero lo dijo de la boca hacia afuera, para no desilusionarme. Sin embargo, Didier de sobra sabía que no se movería de aquel banco ni un centímetro. Y yo también lo supe. Pero no soy nadie para robarle la ilusión ni las esperanzas a otro ser vivo, ni mucho menos, para destapar una mentira piadosa. Por ello volví a callar como con lo de la lluvia. Cuando nos despedimos le prometí a Didier que Nuna y yo volveríamos y así lo hicimos, aunque más de un vecino me advirtió de que frecuentar a Didier atraía a la mala suerte. Sin embargo, yo me sentía inmunizada pues cada vez que iba le traía panecillos, es decir, pagaba por su historia y alejaba con ello lo gafe que pudiera haber en Didier. Pero incluso, Alberto, que no suele meterse en mis experimentos, ―que es como él llama a mi forma de intentar comprender el alma humana para retratarla después con palabras―, me dijo que fuese con cuidado. Al frecuentarlo me di cuenta de que si bien era verdad que contaba siempre la misma historia mientras comía panecillos, cada vez que lo hacía, cambiaba aspectos de la misma. Y como las variaciones y los matices eran diferentes y notables, la historia cada vez tenía un color distinto. Eso me tenía deslumbrada. Sé que hay muchas maneras de contar una misma historia y con Didier lo comprobaba y Nuna y yo volvíamos de cuando en cuando para oírla de nuevo, igual pero distinta. Y en esas visitas a Didier, me pregunté cuánta locura puede acarrear la soledad no buscada. Entendí que uno para hacer ciertas cosas tiene que sentirse muy solo, e intuí que de ahí a acabar loco sólo hay un pequeño trecho. Aunque al principio me costó admitirlo, al final acabé pensando como todos, que Didier está loco. Puesto que giraba sobre sí mismo y ni siquiera se percataba de que Nuna y yo estábamos delante; y aun pudiendo hablar conmigo de otras cosas, como había hecho los dos primeros días, se limitaba sólo a contar su historia. Didier jamás volvió a realizarme una sola pregunta. Y la sorpresa, el disgusto y la verdad me llegaron una mañana cuando le realicé a Didier una pregunta trivial y su respuesta me sumió en el desconcierto, pues gritó: «¡Ah! Esta maldita cabeza con su vocecita. ¿Por qué no me deja en paz? ¿Por qué me atormenta con estupideces?»
—Pero señor Didier… —le dije, turbada.
—¡No! ¡Cállate!
—Pero es que no es su cabeza, no soy una voz dentro de su cabeza. Soy real. Yo existo. Nuna existe. Somos reales. Estamos aquí —y le toqué la manga del gabán a Didier, pero ni siquiera se percató de ello.
—¡No! ¡Eres solo una vocecita que me atormenta! ¡Estás dentro de mi cabeza! ¡Eres una ilusión dentro de mí y a las ilusiones no hay que hacerles caso! ¡No existes! ¡No eres verdad! ¡Tan solo eres una ilusión!

Desde ese instante, desde ese día en adelante, no nos hemos acercado más a Didier. Ya que yo abandoné el banco francamente triste y Nuna ladrando como una fiera. Probablemente si hubiese querido regresar al lado de Didier, Nuna me lo hubiese impedido. Pero no hemos vuelto. Soy consciente de que seguramente Didier no sabe ni siquiera que existimos, ni que habló con nosotras. Y a una pregunta de Alberto, le dije: «Esta vez la gente tenía razón: Didier está loco de atar. Puedes estar tranquilo, no volveremos a ir nunca más.» Por tanto, Alberto, si estaba preocupado, ya no tiene de qué preocuparse. Pues, sabe que cuando cambio de opinión y renuncio a un experimento, jamás es un punto y seguido, sino siempre es el punto final. De ese modo, el experimento queda fuera de mi vida, quedándome yo con la enseñanza de la experiencia. Además los dos, tanto Alberto como yo, pensamos que cuando algo no se queda en la vida de uno es porque en realidad no le hace falta. Día a día se puede observar como la vida fluye y aleja de tu camino aquello que no es para ti y que incluso no te conviene, de la misma manera como coloca delante de ti lo que sí que te pertenece. Así que si dejas a la vida fluir, ella se encarga de ti y todo empieza a marchar. Entonces el sosiego toma forma y deshace las agitaciones. Serenamente, con los ojos abiertos, debes dejar siempre que la vida fluya y discurra y tú discurrir con ella. Y aunque al final, lo vivido con Didier ha resultado ser un chasco, una mala experiencia, nunca renunciaré ni renegaré de la humanidad. Pues lo importante es la enseñanza, el conocimiento, el aprendizaje que extraes de cada experiencia, y además de sobra sé que la vida está poblada de buenas y malas experiencias como de buenas y malas personas. Pero todo ello, al fin y al cabo, forma parte de eso que todos llamamos y conocemos como: vivir. Jamás renunciare a conocer gente y a experimentar, porque me atraen las personas y lo que sus corazones albergaban, como a otros les atraen las atracciones de feria. Alberto piensa que mi forma de ser me hace tener muchas más experiencias y con ello y por ello tengo más alegrías y desencantos o chascos de los que tiene una persona más reservada, menos curiosa y menos osada. Él, a menudo, querría aislarme y protegerme y de ese modo evitarme así todos los sinsabores y el daño que puedan causarme terceros, pero sabe que eso es un imposible. Lo sabe del mismo modo como sabe que en mi naturaleza está escudriñar el alma humana sin remedio y que así será hasta el fin de mis días. Lo sabe de sobra, pues es mi modo de crecer.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el penúltimo jueves del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

CUANDO AMANECE PARA EL VIAJERO


Al finalizar nuestro primer día en la isla le indiqué a Alberto de los dos dormitorios que tenía la casa cuál era el que prefería para dormir. No fue hasta la noche, cuando el sol se ocultó y dejó pasar a la luna, cuando tomé  la decisión, pues había estado todo el día observando la luz en toda la casa y más detenidamente en los dormitorios. Cuando la luna se asomó tuve claro que quería ocupar la habitación trasera por dos motivos: el primero, por el confidente y el visillo blanco bordado de la ventana; y el segundo, por la luz. El confidente le da al cuarto un aire romántico del que no estoy dispuesta a desprenderme fácilmente, y el visillo es el más hermoso que he visto jamás. En cuanto a la luz, comprobé durante todo el día cómo conforme avanzaba éste, la habitación, se inundaba de una luz blanca y radiante casi cegadora que se quedaba atrapada entre las cuatro paredes y no bajaba de intensidad con el paso de las horas. Era tal su intensidad, era tan radiante, blanca, consistente y duradera que cuando noté su peso cegador sobre mí, al ir a cerrar los ojos, la luz del día se fugó, huyo para dejar paso a la noche, liberándonos tanto a la estancia como a mí del poder de la naturaleza, de sus cambios de luz, de su encanto y de su encantamiento. Tenéis mi palabra de que el dormitorio se asemejó por un momento a un hechizo, y aunque fuese más pequeño que en el que habíamos dormido la noche anterior me dio exactamente igual. Puesto que en el que ya habíamos dormido, la luz no era deslumbradora, sino que en él, a partir de media mañana la luz que lo había bañado a primera hora, iba desapareciendo y la habitación se quedaba en penumbra. Así pues, al acabar el día ya sabía que si en un dormitorio la luz era pasajera, en el otro era radiante y se quedaba a morar y a vivir dentro de ella hasta su fuga. He constatado desde que lo habitamos cómo con cada anochecer la luz se fuga de la habitación para conquistarla de nuevo al día siguiente. Y a eso, a ese baile de la luz, no puedo renunciar. La luz tanto para Alberto como para mí es vida. Y de preferir, preferimos y preferiremos siempre la luz a la oscuridad. 
En la segunda noche en la casa dormimos como lirones, los dos tenemos bastante facilidad a la hora de dormir de igual forma en cualquier parte del mundo como en todo tipo de superficies; y cuando bajé a la mañana siguiente a la cocina comprobé algo que ya había intuido el día anterior, no obstante, verificarlo fue una grata sorpresa, como tener conocimiento de una magnífica noticia, como ser testigo de una buena nueva y era que la luz que invadía la cocina era dorada como las aureolas de los ángeles. Es muy pero que muy hermosa. Doy fe de ello. Pues recoge toda la belleza del amanecer. Ahora mismo son las siete menos veinte de la mañana. Alberto todavía duerme. En esta hora estoy aquí en la cocina con Nuna. Nuna duerme tranquila y confiada panza arriba sobre el cojín enorme que le hemos colocado adrede en el suelo. Me gusta levantarme temprano, ya que me gusta el silencio y los olores del amanecer, y también las infinitas posibilidades que éste me brinda. Si hay una hora en que desde niña todo me parece posible, esa hora para mí es el amanecer. Con cada amanecer el día se convierte en una historia por escribir, en una aventura por vivir. Me gusta sentir el fresco de esa hora en mi piel; respirar la primera bocanada de aire puro, estirar los brazos y espabilarme; oír el sonido de la cafetera y el olor del café recién hecho expandiéndose por cada rincón; y por supuesto, la luz dorada que bendice a cada ser vivo. Uno por uno. Me parece que en la hora del amanecer todos los sentidos están más receptivos a lo desconocido. En esa hora de algún modo todos somos más animales y menos humanos, más parte de un todo, del planeta y de la naturaleza, que de la sociedad.
Así que he decidido desde que estamos en esta isla, levantarme mucho antes de hacerse de día y escribir en mi cuaderno sobre la mesa de la cocina, después de haberme preparado el café, mientras espero ver amanecer, ver salir el sol. Es mi hora mágica. Los amaneceres en esta cocina se tornan momentos soberbios, tanto, que me quedaría a vivir en esa hora donde sólo tiene cabida la luz, el silencio y las historias que imagino en mi cabeza y que intentó plasmar en negro sobre blanco. Aquí y ahora cada una de esas historias se vuelven reales. Me llena de una profunda dicha el juntar palabras y darles un sentido y comprobar cómo lo que solo era una idea o un pensamiento se convierte en algo que puede cobrar verdadera importancia, tanto para mí como para mis lectores. Y que ello ocurra en la hora del amanecer es pura energía, es el sentido, el propósito, la raíz y el ser de toda una vida. Alberto sabe del valor de esta hora para mí y de cómo disfruto trabajando en este ínterin que va de la noche a las once de la mañana, para después tomarme el resto de horas libres y volver al trabajo por la tarde. Por ello, cuando la mañana ya ha tomado forma, va en un visto y no visto al Rey del Pan y como el primer día despliega sobre la mesa de la cocina delicias apetitosas, para seguidamente desayunar los tres juntos como el primer día. Es nuestra forma de celebrar el amanecer y el carácter positivo y vital que recorre esta casa y nuestros cuerpos. Y una vez saciado nuestro estómago, juntos y de la mano, nos vamos a descubrir la isla y las demás islas, tras el trote de Nuna, que camina siempre unos cuantos pasos por delante de nosotros, como si su misión es en este mundo fuese la de conquistar el mismo Universo. Y en su alegría desconoce e ignora que ya lo ha conquistado, que el mero hecho de existir es prueba de ello.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 

CHOCOLATE Y REFLEXIONES


Chocolate y descansar, recobrar fuerzas, es todo lo que necesito en este instante en el que me pongo a escribir. Tengo el cuerpo agotado de tanto nadar en alta mar. Acabo de leer una reflexión de Alessandro Baricco y me he visto a mí misma asintiendo, dándole la razón. La advertencia del escritor turinés dice así: «En el mundo hay un único peligro: morir de falta de intensidad, apagarse.»
¿Tú qué opinas, lector mío? ¿Vosotros, qué opináis, lectores míos? Indicaros que yo si de algo he pecado en esta vida es de ser intensa, de ponerle a todo demasiada intensidad, de vivir la vida demasiado intensamente, sin dejarme nada en el tintero. Es más, cuando busco el sosiego, la calma y el silencio como ahora lo hago es justamente por eso, para recobrar el equilibro de una vida vivida demasiado intensamente. Y si valoro la reflexión de Baricco, es porque el perder la ilusión, el apagarse, siempre lo he visto como territorio resbaladizo. El terror a sentirme muerta en vida ha hecho que me haya cuidado muy mucho de apagarme y siempre, por ello, me he mantenido lejos de la desilusión, de apagarme, de la falta de ganas por lo que sea. Para tal fin, mi aliada, siempre ha sido la curiosidad que vive en mí como una inquilina que se olvidó de marcharse y que me ha dado a entender con el paso del tiempo que si está en mí, está para quedarse. Me horroriza pensar que hay personas que viven toda una vida en zona gris, pero todavía lo hace más el hecho de que muchos de ellos ni siquiera se dan cuenta. Por eso creo que es imprescindible ponerle a la vida color. De ahí uno de mis lemas: La vida siempre en color. Uno de la menos de media docena que poseo y que siempre han sido guía e inspiración en mi vida. Como el movimiento se demuestra andando o ser es la mejor forma de explicarse. Creo sinceramente que toda persona debe tener y seguir unas directrices o pautas a las que aferrarse para convertirse en una mujer o en un hombre de bien. Y entre ellas, entre esas pautas y directrices, también debe haber alguna reflexión que nos consuele en nuestra hora más negra. Por ello, me dio buenas vibraciones encontrarme, ―en la casita que habitamos Alberto y yo, aquí, en Canadá―, con un cuadro que en su día alguien enmarcó y colgó en la pared con un párrafo escrito a mano con letra pulcra y perfecto francés del libro El Verano de Albert Camus. Lo entendí como una suerte de coincidencia que te da la razón al pensar que en el Universo todo y todos estamos conectados de un modo u de otro. Así que leí de nuevo y por enésima vez de la misma manera como a lo largo de mi vida en tantas ocasiones y en distintos lugares del mundo he hecho, eso de: «En medio del odio, me pareció que había dentro de mí, un amor invencible. En medio de las lágrimas, me pareció que había dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos, me pareció que había dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta, a pesar de todo, que... En medio del invierno, había dentro de mí un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra, dentro de mí, hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta.» 
Y, como siempre, como cada vez que he leído las palabras de Camus, volvieron a producir en mí un efecto balsámico y reparador, e incluso a veces la conciencia de saberme en el inicio de una nueva etapa de mi vida y que de alguna forma ellas eran talismán. Sólo me resta, antes de concluir este escrito de hoy, aplaudir a ese desconocido que colgó con tanto acierto ahí el párrafo de Camus. Pues fuese quien fuese quien colgó esas palabras en esta casa de Canadá, era una persona inteligente, plenamente consciente de cómo con ellas conspiraría a favor de quién las leyese, dándole, regalándole, ofreciéndole uno de los mejores pensamientos, ―lleno de esperanza y de fuerza―, que se ha escrito a lo largo y ancho del mundo, en todos los tiempos. De tal modo, y de la mano de Camus, desde allí donde esté ahora quién colgó el cuadro, todavía décadas después, da al habitante ocasional de la casa su último consejo. Por tanto, no es extraño al pasar por delante de él y leerlo, con satisfacción y gratitud, pensar: «Yo también puedo, yo también voy a poder.»


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 

miércoles, 21 de junio de 2017

TIEMPO DE SILENCIO


«No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.» Como en los versos de nuestro apreciado Walt Whitman, Alberto y yo, quisimos por unos días vivir todavía con mayor intensidad: creciendo, siendo felices, aumentando nuestros sueños. Para ello, decidimos alejarnos bastante del runrún, del ajetreo diario, de los viajes, de los aeropuertos, de las estaciones, de las calles, de las noticias que nos llegaban de ellas y de las gentes, y también del mismo modo de las redes sociales como de la red que forma la sociedad y que te consigue atrapar, a veces, hasta asfixiarte; puesto que te aboca a realizar cosas que en realidad no deseas hacer. Sabíamos que ambos llevábamos en el ánimo y en la intención: ganas de lo mismo, y todo lo demás quedaba descartado de inicio, por ello, elegir el lugar en el cual disfrutar de unos días de desconexión, alejados de todo, era especialmente importante, y el lugar elegido fue una de las islas que forman el archipiélago de las islas de la Magdalena en Canadá. Este era un sueño que venía de lejos, habíamos soñado muchas veces con pasar unos días en una de esas islas, viviendo en una y recorriendo las otras. Lo habíamos aplazado en un par de ocasiones y éramos conscientes de que el tiempo para hacerlo era ahora. Ya que cuando el agotamiento mental supera al físico, en los trabajos creativos, debes parar. Porque nada puede nacer de dentro de ti. Estás totalmente fuera de juego. Y, sabíamos, que si existía un lugar en el que recuperar el silencio, la calma, la serenidad y el sosiego que con tanto hincapié buscamos y disfrutamos y que es fundamental en nuestra forma de entender la vida y de estar en el mundo, era sin lugar a duda ese. Así que Alberto alquiló una hermosa casita para los días que pretendíamos estar. Y una vez todo dispuesto, con la tranquilidad que da el saber que el trabajo pendiente ya está hecho y que todo está encauzado para libremente poder dedicarnos a crear: yo con palabras y él con imágenes; emprendimos un nuevo viaje, una nueva aventura. La enésima. Y heme aquí. Henos aquí. Llegamos hace unos días, pero a las pocas horas de estar en la isla empezamos a notar como nuestros cuerpos se cargaban de energía positiva y dejaban atrás todos los malos humores y dolores que se hacen dueños de ti por el simple hecho de estar vivo. A los dos días de haber llegado notamos cómo la ilusión recorría nuestro cuerpo como si se tratase de la misma sangre y que la risa brotaba de nuestros labios por el sencillo acto de querer estar presente. Señal inequívoca de que estábamos a gusto. Y ahora, en el momento en que estoy escribiendo esto, con la casa puesta a punto e instalados, sin horarios y sin rutinas, las ganas de crear han renacido en los dos por voluntad propia. Ellas solas han encontrado su camino. Cuando se crea se crece, y sólo se crea si consigues estar en sosiego, con el ánimo dispuesto y tranquilo para tal fin, con el cuerpo predispuesto para ello. La creación para campar a su aire necesita su propio espacio dentro de ti, pero también fuera de ti. Necesita su propio tiempo de silencio. Y sólo se crea de manera provechosa cuando todo tu entorno está en armonía. Cuando tú estás en comunión contigo mismo. Para ello, tanto Alberto como yo, necesitamos en la misma medida el silencio y la naturaleza, el aire libre. Nuestra forma de crear no entiende ni de espacios cerrados, ni de ruidos, ni de posiciones encorsetadas. Ambos sabemos que hemos acertado de lleno al venir aquí, y por ello, reímos contentos porque está sucediendo lo que hemos venido a buscar. Estamos creando porque ha regresado a nosotros el tiempo del silencio y con él, el tiempo de crecer como profesionales, pero sobre todo como personas. Puesto que de este modo, en silencio y en plena naturaleza salvaje, nos encontramos de frente con nuestro yo real, con nuestro interior, con la raíz desde donde todo nace y entonces creamos y somos felices y nuestra ilusión y nuestros humildes sueños aumentan y con ellos la energía. Una energía que es una secuencia de sensaciones tan fantásticas que perfectamente podemos resumir en un profundo agradecimiento por estar vivos y por sentir como la vida pasa por dentro de nosotros y nos deja aportar a este mundo, nuestra propia estrofa, como diría Whitman.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para la primera tarde del verano. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

Naturaleza sin pausa




La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 


Una foto para el primer día de verano. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

domingo, 11 de junio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo domingo del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 7 de junio de 2017

Naturaleza sin pausa



La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el primer miércoles del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

lunes, 5 de junio de 2017

LA ISLA FANTASMA


«No podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.»
―Walt Whitman―


El filosofo galés Bertrand Russell expresó con una agudeza implacable, y de un modo tan crudo por ser real, pero tan sabio por ser verdadero, que lo más difícil de aprender en la vida es qué puentes hay que cruzar y qué puentes hay que quemar. Puentes que serán un punto de inflexión en nuestra vida o un punto y final que zanjaran etapas de nuestra existencia.
Tomar decisiones, tener el coraje para hacerlo, es de las cosas más difíciles de existir. Aprender a hacerlo y a sobrellevar lo que representa una decisión en concreto y la carga repleta de responsabilidad que llega consigo es lo más complejo de vivir con conciencia. Aprender a cruzar o a quemar puentes es lo más peliagudo de saberse individuo. Esa lección que unos aprenden antes y otros después, —pero que tarde o temprano todo ser humano debe aprender—, ese discernir entre qué hacer o dejar de hacer, se cimenta básicamente en dos puntales: Uno, el conocimiento que uno ha adquirido de sus propias experiencias; y, dos, el instinto. El conocimiento y el instinto a la hora de tomar decisiones o cruzar o no puentes están al cincuenta por cien. Hasta aquí todos sabéis de qué hablo. Pues no creo que haya nadie sobre el planeta Tierra que no se haya visto en tal tesitura. Pero hoy, ahora mismo, quiero detenerme en la isla fantasma. Sí, lo sé, ahora, os estáis preguntando qué es la isla fantasma. Os respondo inmediatamente. La isla fantasma es donde va a parar esa persona cuyo puente que te unía a ella has quemado por voluntad propia puesto que la relación que teníais no daba más de sí, estaba agotada, pero aun así sigue presente en tu existencia aunque el futuro de los dos discurra por senderos totalmente opuestos. Pongamos como ejemplo: el padre o la madre de vuestros hijos tras el divorcio, un antiguo amor que una vez rota la relación sigue estando en tu grupo de amigos, o un íntimo amigo que ya no es ni tan íntimo ni tan amigo y con el que te encuentras en clases de yoga, o un ex con el que compartes un negocio, etc. Sé lo que estáis pensando: a la isla fantasma van a parar los restos tras el naufragio. Sí, eso es. Exactamente ocurre así. Y ante la isla fantasma y los que la habitan podemos sentir sentimientos contradictorios. Podemos pensar que mejor sería que no existiese; o que tal vez ella es el símbolo de todos nuestros fracasos, aunque yo no creo en los fracasos, creo más bien en que probablemente todo tiene fecha de caducidad y muere de muerte natural; podemos pensar que la existencia de la isla es algo injusto; pero, también podemos verla desde un punto más positivo para nosotros y en alguna hora recordar con ternura, incluso con un sonrisa, los momentos vividos con los habitantes de la isla. Entonces, ¿por qué no poder visitar de cuándo en cuándo esa isla en viajes de ida y vuelta y de corta duración para preguntarles cómo les va, sabiendo tanto ellos como nosotros, que no está en nuestra intención quedarnos? ¿Qué hay de malo en reconocer a los que viven en esa isla como lo que son, como seres que han formado parte importante de nuestra vida y que van a estar siempre ligados a nuestra historia personal?
Somos humanos, por el amor de Dios, tenemos corazón y alma, reímos y lloramos, sentimos. No tenemos un botón que pulsar para dejar de sentir. Entonces, a quién pretendemos engañar, démonos una oportunidad, y sin remordimientos, sin sentirnos desleales con nosotros mismos, cambiemos el rencor por algo tan grande como es esa clase de amor por lo que una vez fue nuestro.
De modo que ahora mismo, aquí, y delante de vosotros le cambio a la isla su nombre y en vez de llamarla la isla fantasma, voy a llamarla la isla del corazón. Porque en él todo cabe. Incluso aquellos seres con los que quemamos puentes. 
Por ello, mi deseo, lectores míos, es que jamás os sintáis culpables al sentir por los habitantes de la isla fantasma o la del corazón algo parecido a un cariño entrañable, puesto que una vez incluso los amasteis. Y amar nunca es una equivocación. Amar nunca es un error. Así que si el instinto y la experiencia, cada uno al cincuenta por cien, os instan a hacer una visita a la isla, no le deis tantas vueltas y hacedlo, porque es la forma en que vuestro cuerpo y vuestra mente os dice que quizás para estar bien en el presente tenéis que estar en armonía con vuestro pasado.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 

domingo, 4 de junio de 2017

RETRATO


«La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.»
―Walt Whitman―


Anoche Alberto y yo paseábamos como otras muchas veces bajo la noche estrellada, oyendo cómo los pájaros piaban en sus nidos, cómo cada animal emitía su voz particular antes de dormirse y cómo, en cambio, otros salían de su escondrijo diurno para cazar, cuando comenzamos a charlar de cuál es la mejor manera de plasmar las sensaciones. Pues esa mezcla de sonidos, de imágenes, de la noche limpia y fresca cuando estás en plena naturaleza, —ajena toda ella a los sonidos provocados por los humanos—, a nosotros nos produce mucho bienestar, y por encima de todo, y unida a otro tipo de sensaciones, la sensación de formar parte de algo tan sublime como inabarcable. 
Según Alberto las sensaciones sólo pueden llegar a plasmarse con palabras y aunque el trasmitir a los otros lo que uno siente por muy competente que sea el escritor no deja de ser algo difícil no es un imposible. Sin embargo, él opina que sí que es un imposible plasmarlo mediante la fotografía. 
Fotógrafo profesional como es, no tengo motivo para no creerle, para poner en tela de juicio su opinión. Llevo toda una vida compartiendo mí día a día con él para no haber oído de su boca en demasiadas ocasiones que una fotografía sólo es la captura de un instante y que la buena fotografía es la explicativa. Es la que cuando uno la mira se hace en unos segundos una idea en general de lo que ve. No obstante, según él, la fotografía aunque explica una situación, jamás puede explicar las sensaciones que embargan a los seres fotografiados porque nunca traspasa el alma. La fotografía es muda. Por mucho que uno sonría al fotógrafo o a la cámara jamás nadie puede adivinar hasta donde esa sonrisa es verdadera o falsa, puesto que cuando uno posa su actitud se modifica al instante, cambia. El fotógrafo siempre fotografía la forma, pero nunca el fondo. La imagen nunca llega al fondo. Las palabras sí. Alberto siempre ha sido contrario a esa máxima de que más vale una imagen que mil palabras. Es más, siempre hace hincapié en que si no existiesen las palabras ni siquiera podríamos explicar una fotografía. Quizás, por eso, él, ante la imposibilidad de poder fotografiar el fondo de las personas, ha preferido ser desde siempre fotógrafo de lugares y también, cómo no, de la naturaleza. Porque lo que ves es lo que hay. Un fotógrafo puede tener mejor agudeza e ingenio que otro o una perspectiva o visión distinta que haga que su trabajo se enriquezca más, pero ni los lugares ni la naturaleza le mienten nunca. Por el contrario fotografiar a las personas es fotografiar un mundo que el fotógrafo sensato, honrado, sabe que jamás va a poder fotografiar en su plenitud.  Puesto que cada persona es un mundo y hay un mundo en cada persona. Otra cosa muy distinta, según Alberto, es el retrato, si una fotografía es la captura de un instante explicativo, el retrato es la captura de un rostro que es incógnita y que nos debe plantear muchas preguntas por obligación, como misión, sino no es un retrato. 
He de decir que ni Alberto ni yo somos amigos de hacernos fotografías ni muchas ni pocas ni constantemente, tal como ahora en este siglo XXI se realizan. Hoy en día parece que toda persona vive a punto y dispuesto para ser fotografiado en cualquier situación. Es como: si no hay fotografía, no ha sucedido. Alberto y yo no somos así, nos gusta sentir y vivir el momento, y que éste se quede pululando para el resto dentro de nosotros. Ninguno de los dos precisa de una fotografía como testigo de algo, preferimos tener como testigo el recuerdo en la memoria, un recuerdo conjunto; por ello, son escasas tanto nuestras fotografías como los retratos. Evidentemente, de fotografía alguna que otra tenemos pero de retratos no. Por ejemplo, yo sólo tengo dos retratos que les separan una década y los dos son de su autoría. Dos retratos que invitan a preguntar, incluso a mí, cuál es mi mundo interior, cuánta vida vivida hay en mí, que mella ha hecho ésta en mi rostro, cuánta experiencia habita en mi ser y cómo me he convertido en quién soy en ese momento. Preguntas a las que con sinceridad sólo yo puedo contestar, por ello, esos retratos son valiosísimos y no son fotografías ya que en vez de explicar, preguntan. Un retrato, para darlo por bueno, según Alberto, a quien lo mira le debe hacerse preguntar cuántos puentes ha cruzado y cuántos puentes ha quemado la persona retratada. Si no es así, es un retrato fallido. En palabras de Alberto: «Un retrato, siempre obedece al intento del fotógrafo de apresar el alma del retratado, siempre tiene que dejar muchas preguntas en el aire, nunca debe de querer explicar.» Honestamente creo que Alberto al retratarme lo consigue. Pues a ratos ni yo misma me reconozco. Y la primera pregunta que brota de mis labios es: «¿Esa mujer soy yo?» Y Alberto, ante mi asombro, me responde que sí. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 

VALER LA PENA


«Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.»
—Walt Whitman—



Lo observé durante un año, con sus doce meses y sus 365 días. Lo estuve observando como el ornitólogo observa el comportamiento de las aves o el sociólogo el de las sociedades humanas. Cuando le conocí, no le conocí por casualidad, ya sabéis que no creo en las casualidades, pero no obstante tarde casi que un año en comprender para qué le había conocido y fue para ver con mis propios ojos cómo hay seres que hacen de su existencia su infierno particular.
Al conocerle me dijo que a pesar de su faceta pública era un ser asocial, no tenía amigos ni conocidos, y le costaba mucho mantener cualquier tipo de relación personal fuese esa de la clase que fuese. Me lo dijo envuelto en un aire de víctima que me llevó a pensar que era un tipo solitario y que no tenía don de gentes. Pensé que era un exagerado, que no podía ser para tanto, que alguien como él tenía que tener a la fuerza círculos, —aunque fuesen minúsculos—, de amistades tanto profesionales como personales por el puesto de trabajo que desempeñaba, por su edad y por el lugar donde vivía. 
¡Qué poco honrado fue cuando me dijo cómo era! Fue poco honorado, porque obvió decirme en qué medida él era el único culpable de provocar su propia soledad.
Ahora, un año después, por fin sé que es una de esas personas que no valen la pena. Mi amiga Gracia siempre repite, con razón, que las personas que no hacen ningún tipo de esfuerzo para mantener y retener a su lado a los otros, sino que al revés, los espantan, son las personas que no valen la pena. Por ello, después de haberle tratado y observado atentamente durante un año me he dado cuenta que no es fortuito que nadie se quede a su vera, que no tenga amigos de ninguna índole y que esté completamente sólo. Pero al contrario que él, yo soy de la opinión tras haberle pesado y sopesado, que de víctima no tiene ni un ápice, que es totalmente responsable de que toda la gente que conoce ponga tierra de por medio entre ellos y él. Ahora que ya sé cómo es, puedo hablar con conocimiento de causa, y como también como otras muchas personas, he sufrido en primera persona su forma de ser, comprendo el comportamiento que tienen los otros con él. Lo entiendo perfectamente. Y puedo decir que es un ser ruin. De una ruindad calculada y precisa. Tan concreta que he llegado a pensar que es más una enfermedad, una patología, que una actitud. Disfruta estando al acecho para que llegada la hora que él estima conveniente hacerle mal al resto gratuitamente, sin ser menester. Entonces asesta el golpe con una frialdad, un ingenio y una desfachatez dignos de tener en consideración porque no escatima en recursos para buscar la manera de hacer daño a los demás. Espera la hora con paciencia, como el cazador espera a su presa. Su ruindad deliberada es de una genialidad asombrosa, tanto que dan ganas de aplaudirle. Y decirle como en tantas ocasiones he hecho: «No me extraña que estés tan solo.» Entonces él te mira sintiéndose orgulloso por lo que acaba de realizar y es ahí, en ese minuto, cuando te preguntas qué clase de niño fue, que infancia tuvo que tener para que de adulto sea así. Te hace que te preguntes: ¿Si una persona ruin, lo es de nacimiento o se hace con el tiempo? 
Y, si lo he estado observando durante meses no es porque tenga más aguante que el resto de la gente, sino más bien, lo he observado como si se tratase de un experimento. Porque lejos de pedir perdón por la maldad cometida contra ti o contra otras personas, con el paso de las horas vuelve a las andadas, y perpetra otra. Su ruindad es cíclica. Si lo tienes en tu círculo de amistades sabes que cada pocas horas te dañara, por eso cuando lo ves desaparecer en el horizonte sientes alivio. No obstante, al final, ya sea a pesar de todo o por todo, he llegado a la conclusión de que la única víctima real de esa ruindad deliberada es él mismo. Él es su presa. Porque el resto de los mortales nos alejamos, ponemos tierra de por medio, no le echamos cuentas y dedicamos nuestra vida a vivir tan felices como nos es posible; pero él, debe vivir a tiempo completo consigo mismo. Y creo que vivir de ese modo tiene que ser algo muy distinto a vivir en cualquier tipo de paraíso. Es más, creo que vivir así debe ser lo más parecido a habitar el infierno que tú mismo has creado.
Lectores míos, cuando decides que alguien no vale la pena como ser humano, sólo te cabe sentir lástima por él, pues es la constatación, la muestra, la prueba de cómo una persona decide desperdiciar su vida y la de sus congéneres, de cómo rechaza a la vida en general, de cómo deja ir todo lo importante y bueno que tiene existir, de cómo no le importa aportar nada a este mundo nuestro, de cómo vivir le queda grande.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz   

jueves, 1 de junio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el primer día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

EL AQUÍ Y EL AHORA


El otro día oí como un señor decía la siguiente frase: «Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida.»  Pensé que hay que ser muy hipócrita para creerse uno mismo semejante tontería y hacerla suya. Sólo alguien muy poco inteligente, alguien que tenga o sólo una neurona o una buena dosis de soberbia puede decir tal barbaridad. Todas las personas del mundo, más bien todo los seres vivos del plantea a poco inteligentes que sean se arrepienten de actitudes, de cosas que han hecho. Sólo alguien que no es inteligente puede verbalizar la sandez de que no se arrepiente de nada y creerse impune. No hay nadie que esté libre de arrepentirse. Estoy segura que todos sin excepción nos arrepentimos de muchas cosas y si pudiéramos dar marcha atrás la daríamos, sin dudarlo. Puesto que uno puede decidir entre arrepentirse por haber hecho algo o arrepentirse por no haberlo hecho, pero de ahí, a decir que no se arrepiente de nada es de tan imposible, ridículo.
¿Y por qué, lectores míos, os cuento esto? Porque no soporto la prepotencia de las personas que se creen que están por encima de la vida y cuando oigo frases, como la que oí el otro día, me pongo las manos en la cabeza. No comprendo cómo hay gente que cree que no ha errado y que tiene la vida y el destino en sus manos, cuando la vida y el destino son intangibles, y no errar es algo inhumano. ¿Cómo diantres alguien puede creerse dueño al completo de su vida y sin errores? Si a la que va a la que viene, en un pispás, todo esto se funde en negro aun hayas acertado u errado. Si en un santiamén ya no estás. Si en un visto y no visto se pasa, de tener suerte, a ser sólo un recuerdo. Me asombra la facilidad con la que algunos se olvidan de que la muerte es la única certeza y que la vida es realmente intensa y provechosa si la vives como lo que es: una experiencia única e irrepetible. Puesto que como decía mi abuelo: «De vida sólo tenemos una y debemos saber cómo gastarla, ya que no tendremos una segunda oportunidad para hacerlo.» Por eso, lectores míos, no hay que perder el tiempo; ni aburrirse; hay que sentir; hay que hacer y deshacer; llorar y reír; arrepentirnos si es el caso, o no, si no lo es; pero siempre, siempre ser lo suficientemente honrados y humildes para no engañarnos a nosotros mismos. Porque ese es el más grande de los errores que podemos cometer. La honradez empieza siempre por uno mismo y no vamos a tener una segunda vida, una segunda oportunidad para arrepentirnos de lo hecho y de lo no hecho. Por eso debemos aprovechar siempre el aquí y el ahora. Este momento actual, sin hacer mal a nadie, pero disfrutando tanto como la vida nos lo permita y mientras tanto, —a la que va, a la que viene—,  el verano se va colando en nuestras vidas y entonces podremos mentirnos conscientemente un poquito, solo un poquito, para así poder creer en la eternidad y en los días felices.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz