martes, 31 de enero de 2017

Naturaleza sin pausa




La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 


Una foto para el último día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

sábado, 28 de enero de 2017

UN AÑO EN LOS BOSQUES


«Vivir en un mundo donde las respuestas a las preguntas pueden ser tantas y tan buenas es lo que me hace salir de la cama y calzarme las botas cada mañana.»

[#lecturasquesuman: Libros 12, es decir, aquellos en los que descubres cómo la vida palpita en cada página.]

jueves, 26 de enero de 2017

LA CURIOSIDAD


A menudo uno cuando anda  por el mundo cruza puertas que no se imaginaba que le soliviantasen tanto el ánimo. En Quebec me ha sucedido al cruzar el umbral del Musée national des beaux-arts du Québec (MNBAQ), ¿y por qué? Porque todo él es un canto, una oda, a la curiosidad. La poeta y crítica Dorothy Parker decía que la cura para el aburrimiento es la curiosidad. Como también decía que no existe cura para la curiosidad. La cuentista y Nobel de Literatura, Alice Munro, dice que la felicidad constante es la curiosidad. Probablemente ambas tengan razón para algunos y no la tengan para otros. Yo, si escribo esto, lo hago para hablar desde mi realidad, sin darle ni quitarle la razón a nadie. Pues cada persona es un mundo y hay un mundo en cada persona. Para mí, para esta contadora de historias, —que deja ver su lado más íntimo y personal en este espacio—, la curiosidad es y siempre ha sido mi motor. Todo lo que he hecho en mi vida ha partido de una curiosidad insaciable, que ha hecho y hace que vaya abriendo puertas, recorriendo caminitos, saltando de una idea a otra, descubriendo autores, pintores, libros, personas, lugares, sitios, en resumen, descubriendo mundos para ir creando otros. La curiosidad es el territorio en el que me manejo bien puesto que es el que me hace sentir más viva, es el que me hace ser consciente que estoy sobre  la faz de la Tierra por algo y que solo por curiosear y aprender vale la pena estar. El primer libro que me compré con muy pocos años de edad, fue El porqué de la cosas, que fácilmente dejaba entrever a las claras de qué pasta estaba hecha y de ahí hasta aquí con la curiosidad como motor. Una curiosidad que me impide no abrir puertas, que me pide no dejar de conocer gentes y lugares, historias. La curiosidad en mí puede con todo. De modo que este pasado otoño en mi particular aventura canadiense, me hallé en Quebec, abriendo la puerta del Museo Nacional de Bellas Artes y literalmente ya no quise salir de allí. Lo he estado visitando cada semana. Como los fieles van a misa. Pues yo, igual. Convirtiéndose la curiosidad y todas las preguntas que me suscita ese lugar en mi religión. 
El Musée national des beaux-arts du Québec te atrapa como un imán porque está en él todo dispuesto para que el visitante interactúe con todas las obras. Obras que lanzan preguntas con descaro, que dejan los sentimientos a flor de piel, que remueven el interior de cada uno, que provocan infinidad de sensaciones. Nada está dispuesto al uso. Las obras te asaltan y las preguntas surgen y las ganas de aprender y la curiosidad son espoloneadas a cada paso como si fuese el cuento de nunca acabar. Y mientras el museo te atrapa en su red y va enredándote, tomas conciencia de que vas a regresar a él, más pronto que tarde ya que las preguntas jamás van a terminar, que es imposible zafarte de ellas y dormir a gusto. ¡Menos mal que dentro del mismo museo se encuentra un buen restaurante que te permite hacer un alto y recobrar fuerzas antes de salir por la puerta sabiendo que el volver a visitarlo es algo ineludible! Y allí sentada comiendo en el restaurante, intentado asimilar el torrente de emociones que te ha suscitado el lugar, la idea de que la curiosidad es el bien más preciado que puede tener un ser humano, toma forma y consistencia. Porque mientras la curiosidad habita en el ser humano, el ser humano está total y completamente vivo. Existe. Mientras la llama de la curiosidad y las ganas de aprender ardan dentro de uno, uno no se extingue, nada ni nadie se extingue. Nada ni nadie se apaga, ni muere del todo. Sí, posiblemente dentro del museo en alguno de sus recovecos, en el reverso o en fondo de cada una de las obras, se encuentra la gran respuesta, la respuesta en mayúsculas a todo, y es que el antídoto para no morir es la curiosidad. Puesto que la curiosidad es lo contrario a conformarse, es una acicate para que no se acaben ni las ganas de vivir ni la fe ni el creer, la curiosidad no deja que permanezcamos muertos en vida, la curiosidad es quien hace que cientos de personas se levanten cada día con la intención de regalarle algo a los demás: una historia, un fármaco, una estrella, un alivio, una hermosa composición de colores, un sitio donde descansar, un planeta, una respuesta a sus preguntas, una partitura, un verso, una semilla, una esperanza … 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

martes, 24 de enero de 2017

MI QUIJOTE ORADOR



En mayo  del año pasado publiqué una entrada titulada OBJETOS que decía así: 

«Los objetos nos hablan. Es posar la vista sobre un objeto y contarnos toda una historia. Los objetos nos trasladan en el tiempo como pequeñas naves espaciales. Con un objeto y sin más equipaje, ni siquiera con billete, volamos y aterrizamos en un lugar en concreto, en una fecha determinada con su día y su hora, en un estado de ánimo. Con los objetos regresamos a nuestro pasado. En ellos vemos a personas que todavía están a nuestro lado, como también a las que ya no están. Los objetos atrapan para siempre los momentos fugaces, convirtiéndolos en perdurables. Tanto perduran que nos sobreviven. Los objetos forman un mapa de nuestra vida. Sostienes un objeto en la mano y sonríes o lloras o le das un beso. En ese momento estás recordando. No sé si seriamos capaces de recordar tanto y tan bien sin ellos. ¿Cuántos instantes caerían en el total olvido sin ellos, en esa nebulosa donde el ayer se esconde? Posiblemente todos. A más viejos más trastos pueblan nuestras estanterías, nuestros salones, nuestras mesillas de noche, nuestros escritorios. A más viejos más momentos para recordar. Ellos, los objetos, son los testigos de nuestra existencia. Son los testigos de que una vez estuvimos, de que una vez amamos, de que una vez soñamos, de que una vez reímos, de que una vez pusimos los pies en un preciso lugar. A ojos extraños pueden parecer sólo cachivaches de pobre valor que ni un ladrón se molestaría en llevarse. Pero para cada uno de nosotros no lo son, sino que al revés: los objetos son nuestros tesoros. Y poseen el mismo valor que para el pirata posee los que encuentra en un pecio hundido hace mucho, puesto que todos juntos forman una historia que en definitiva es la nuestra. Sin ellos no existiríamos.» 

¿Y por qué traigo ahora a colación esa entrada en concreto? Pues por mi Quijote Orador, que guarda una buena historia. Una historia real. Pocas semanas antes de Navidad conocí en Canadá a una pareja que se dedica a ir a todo lugar donde se montan ferias de antigüedades para adquirir el objeto que más les llama la atención, para seguidamente inventarse una historia sobre su procedencia. De tal modo que van acumulando objetos junto a historias inventadas que evocan con notable emoción. En ellos vi el mismo respeto que yo siento por los objetos. Pero a diferencia de ellos mis objetos están unidos a la realidad. Cada uno de ellos me devuelve al mirarlo a una persona, a un momento determinado, a un lugar en concreto, a una etapa de mi vida, a un hito en mí existir. Del Quijote Orador que podéis ver en la fotografía me enamoré en enero de 2014, fue verlo y sentir dentro de mí un flechazo, pero debido a lo que los objetos representan para mí, pensé que lo adquiriría sólo el día en que tuviese un buen motivo para comprarlo, puesto que no era suficiente con que me gustase solamente, sino tenía que tener una buena razón para que cuando lo contemplase estuviese contemplando algo más, ya fuese un momento en particular de hermoso rememorar o el haber conocido a una persona muy especial y realmente importante para mí. Tres años después. 36 meses después, tengo en mi poder al Quijote Orador, porque ya representa para mí ese algo que debe representar todo objeto, porque consigo lleva una razón de ser, desposeyéndolo inmediatamente del bello adorno que resulta ser solo en primera instancia. Contemplar a mi Quijote Orador significa para mí muchas sensaciones y emociones que tienen nombre y apellidos y que tan íntimamente guardo para mí. Mi Quijote Orador ya es algo más que una figura hecha y pintada a mano por artesanos de un taller valenciano; es algo más que una figura de serie limitada y numerada; mi Quijote Orador tiene vida propia, puesto que tiene un buen motivo para formar parte de mi existencia, en definitiva, tiene una historia real que forma parte de la mía, que se funde con la mía y me une a él para siempre. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

lunes, 23 de enero de 2017

FELICIDAD FAMILIAR


«—Salté sobre ti —dijo Polly.»


[#lecturasquesuman: Novelas de 12, es decir, las que te invitan a subrayarlas con un lápiz.]

jueves, 19 de enero de 2017

NADA CRECE A LA LUZ DE LA LUNA



«Entonces me giré hacia ella y vi su rostro por primera vez. En este punto he de detenerme de nuevo, pues algo ocurre cuando se ve el rostro de una persona por primera vez.»


[#lecturasquesuman: Novelas de 12, es decir, las que te invitan a subrayarlas con un lápiz.]