viernes, 31 de marzo de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 


Una foto para el último día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

lunes, 20 de marzo de 2017

EN PRIMERA FILA



«Dejadme respirar una buena bocanada 
de aire matutino y sin diluir. 
¡Aire de la mañana!» 
―Henry David Thoreau―


Yo, al igual que Thoreau, también requiero de esa primera bocanada de aire cada mañana como desayuno. Necesito sentir la energía en los pulmones, en el rostro, en el cabello, en cada poro de mi piel; en definitiva, notar como el cuerpo se despereza y se abre a la vida, cargándose de una vitalidad comparable a nada. Esos valiosos segundos se han convertido en un ritual, ya que no hay mañana en que no los disfrute mientras se calienta el agua en la cafetera. Haga sol, viento o llueva; ahí estoy yo: absorbiendo la energía que la naturaleza me dispensa con cada amanecer. Como ya sabéis, mis queridos lectores, ni Alberto ni yo estamos dispuestos a renunciar a nuestro trozo de pastel, a ese cielo en la Tierra que es la naturaleza. 
Y ahora que la primavera va asomándose a cada paso, nuestro día con una facilidad pasmosa empieza con los trinos de las golondrinas y los jilgueros y acaba cuando oímos el croar de las ranas cuando la noche va camino de convertirse en madrugada. En esta época se puede tomar conciencia de nuevo, por si acaso el invierno ha hecho borrón y cuenta nueva, de que ni nada hay tan bello ni suculento como los sonidos que acompañan el trascurrir de los días cuando el invierno queda atrás, ni hay mayor festival que el despliegue que se produce cada primavera cuando todo quisqui decide dejar de hibernar. Lectores míos ha llegado la hora de que sepáis la gran verdad del Universo: No vais a encontrar ni mejor música, ni mejor poema, ni mejor cuadro, ni una más elevada historia que la que cada día la naturaleza nos muestra y nos cuenta. Ni tampoco mayor lección, ni moraleja. 
Por ello, o como ejemplo de ello, seguidamente pasaré a contaros algo que nos sucedió hace unos días y es digno de que quede plasmado en negro sobre blanco por su singularidad.
Deciros antes que nada que Alberto y yo tenemos por costumbre preparar barbacoas los sábados por la noche, es esta una tradición arraigada en nuestra forma de vida, que exportamos allá donde vamos pues no hemos descubierto todavía un pasatiempo mejor para compartirlo con la gente querida que supere a una cena al calor y al olor y sobre todo al sabroso sabor de una barbacoa. De manera que la otra noche mientras estábamos junto a unos amigos preparando la habitual barbacoa de los sábados, asistimos en primera fila y sin esperarlo a un espectáculo para el cual no habíamos sacado entradas. Era sábado noche, como ya he dicho, y estábamos de hecho a punto de sacar la carne y las pizzas de las brasas, cuando un sonido a modo de interferencia de radio se mezcló con nuestra cháchara hasta hacernos callar. El sonido iba en aumento, a cada instante era más potente, más firme, más atronador y lo que en un principio nos había parecido una emisora de radio mal sintonizada, se convirtió en un juas, juas, juas, descomunal en mitad de la noche. Alzamos al unísono, todos, la vista hacia el cielo donde la luna llena lucía como un foco empañado por el vaho del agua que estaba por venir, pues llevaba como en Valencia decimos: “galdufa”, es decir, la aureola que anuncia que en las siguientes horas va a llover, al menos durante un par de días. Así que al ser noche cerrada y la luna estar ensombrecida no vimos nada, pero fuimos conscientes de una manera rotunda de que no estábamos solos, sobre nuestras cabezas con unos gritos semejantes a una burla, a una mofa, estaba sobrevolándonos una bandada de patos que se dirigía al sur, al norte, al este o al oeste, a saber. Pasaron varios minutos hasta que dejamos de oír aquel antipático: juas, juas, juas; que nos dio a todos la sensación de ser la más desagradable de las risas en la más primaveral de las noches. Fue Ernest con su acertado: «Y sin brújula y probablemente formando una uve»; quien rompió el silencio que se había instalado entre nosotros. Entonces, supimos con una certeza absoluta que ni buscando por todas las carteleras de espectáculos del mundo, habríamos encontrado uno que hubiese provocado en todos nosotros, y a la vez, tal impresión y tanto asombro. No me cabe duda, de que si ese sábado queda guardado en la memoria de los ocho que éramos, será por la bandada de patos, antes que por otra cosa.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

jueves, 16 de marzo de 2017

CORAZÓN DE VINAGRE



«Estaban delante de una puerta, el uno al lado del otro, y muy juntos, no uno detrás y el otro delante, y los dos sonreían e iban de la mano.»

[#lecturasquesuman: Novelas de 12, es decir, las que te invitan a subrayarlas con un lápiz.]

miércoles, 15 de marzo de 2017

REGALAR UNA VIDA




 «Siempre hay flores para el que desea verlas.» 
―Henri Matisse―


En algunas contadas ocasiones aparecen seres en la existencia de uno que te hacen el más grandioso de los obsequios: te regalan una vida. 
Te hacen el regalo como quién regala el más silvestre ramo de flores. Pues no hay flores más naturales ni más honestas ni menos artificiosas que las silvestres. 
Llega alguien y te regala una vida que tú para nada hubieses vivido a no ser por él o ella. Con el regalo te muestran los bordes y el contenido de un continente muy distinto al tuyo propio, al que tú habitas. Es sólo entonces cuando el ser humano crece como persona. Cuando decide vivir esa nueva vida y vivirla como lo que es, como la más hermosa de las ofrendas, como la más enriquecedora de las experiencias. 
Nuna llegó a mi vida con dos meses de edad, el veintidós de febrero de 2014, era del tamaño de un jarrón, sí, ya sabía que sería una hermosa schnauzer gigante. Pero no imaginé o no reparé por aquel entonces en la verdadera dimensión del adjetivo GIGANTE y eso es lo que ha resultado ser. 
Una perra de tamaño gigante, con sus cincuenta kilos y sus más de setenta centímetros de altura en la cruz. 
De bondad gigante.
De entrega gigante.
De lealtad gigante.
De ganas de jugar gigantes.
De apetito gigante.
De obstinación gigante.
Y, por supuesto, de amor gigante. 
Como gigante ha sido la vida que me ha regalado. Nuna con sus enormes patas, sus pasos decididos y su tenacidad a prueba de bombas ha hecho que yo descubra una vida animal non-stop llena de gratitud y ternura, compuesta de instantes únicos, felices, tercos y divertidos, plagados de descubrimientos, que sin ella, jamás habría podido atesorar como míos. También por ella y con ella mi paciencia y mi generosidad se han vuelto gigantes. Puedo imaginar lo qué estáis pensando, pero por eso me adelanto y os respondo: No. Os lo digo en mayúsculas: NO, NO ME QUITA TIEMPO. NO TE RESTAN TIEMPO SINO QUE TE REGALAN UNA VIDA para disfrutarla juntos. 
Y eso mismo que a mí me ha pasado con Nuna, como a otras muchísimas personas les ha pasado con otros seres de cuatro patas. También, cómo no, puede sucederte al conocer a una persona cuya forma de estar en el mundo, su personalidad y su carácter sean completamente distintos al tuyo y que con su vitalidad te haga salir de tu zona de confort y mostrarte un mundo nuevo. Haciéndote pensar y ver que hay vida más allá de los límites de tu propia existencia. Si estás leyendo esto querido lector, pregúntate si en los últimos meses te ha ocurrido algo así, si alguien ha llamado a tu puerta y se ha colado en tu día a día sin esperarlo y te ha dado lo mejor que podía darte, es decir, si te ha regalado una vida. Sí, es que sí, no lo dudes ni un segundo: eres un ser muy pero que muy afortunado. Pues quien regala una vida lo hace de corazón, sin reparar en gastos, sin escatimar ni en cariño ni en afecto, y al hacerte ese regalo que va a engrandecerte como ser humano también te invita a que tú a su vez hagas lo propio. No dudéis jamás ni en despreciar la vida que otro ser vivo os regala ni en regalar vida, ya que el Universo os lo devolverá con creces. Tenéis mi palabra.

Así pues, ahí va mi deseo para todos: ¡Ojalá vuestro existir, queridos lectores, esté repleto de encuentros inesperados que os regalen una vida! ¡Ojalá os sea dada semejante suerte! 


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

martes, 14 de marzo de 2017

PUNTO DE ESCRITURA



«Si no me encuentras enseguida, no te desanimes; 
si no estoy en aquel  sitio, búscame en otro. 
Te espero, en algún sitio estoy esperándote.»
―Walt Whitman― 


Sé que de saberlo os asombraría conocer desde qué lugares tan variopintos, diversos, a veces espectaculares, otros hermosos y en otras ocasiones incómodos e incluso surrealistas escribo. Muchos podéis presuponerme en un tranquilo estudio con la luz y temperatura adecuadas y un ordenador en una mesa bien dispuesta. De ser así, qué equivocados estáis. La mayoría de las veces debo hacer filigranas para encontrar un espacio y una posición cómoda y el silencio lógico y preciso para poder hilvanar unas cuantas palabras, pero cuando encuentro el lugar, la mayoría de las veces es el propio enclave quien me susurra al oído las palabras. Nada como un espacio natural, reflexivo, silencioso y abierto a la vida para que la inspiración se pose sobre tu hombro cual pájaro. Es en esos momentos en los que verdaderamente encuentras el placer de escribir. Alberto y yo estamos recorriendo por esta época la parte más desértica del país más influyente del mundo y a modo de road movie vamos redescubriendo parcelas de libertad. Estas líneas por ejemplo las estoy escribiendo en un cuaderno de piel que compré el año pasado en Vancouver. Y, bolígrafo en mano, sentada en lo que parece la mitad de la nada os aseguro que jamás me he sentido más acompañada. Las chumberas, las crasas, los cactus, todo lo desértico, me devuelve al hogar, me devuelve a Caótica y si cierro los ojos e inspiro y respiro y segundos después los abro, puedo ver a mi abuelo paseando por delante de mí o haciendo la siesta en su hamaca. Ahora y aquí, en mi propia eternidad, estoy sentada y mi punto de apoyo, ―quien me hace de mesa―, son mis propias piernas y el punto de escritura donde se apuntalan estas palabras es el recuerdo, la evocación de mi abuelo que me ha provocado este lugar. Mi abuelo que el día cuatro de abril de 2017, cumpliría cien años. No los va a cumplir físicamente, pero sí, en mi corazón, pues del mismo modo como ahora preciso de un punto de escritura, en su día mi escritura, mi oficio, el escribir una novela tras otra, necesitó de un punto de partida y sin ninguna duda fue ese hombre quien ha hecho que yo a día de hoy sea lo que soy. Mi abuelo como inicio, como punto de partida, como punto de escritura. ¡Felicidades, abuelo mío, porque sé que desde allí donde estés cuidas de mí! Tú, que me regalaste un oficio, una manera de estar en la vida. Tú, que hiciste posible que el sueño de una niña se convirtiese en una realidad. Sí, me regalaste una vida, con tu primera máquina de escribir y tu biblioteca. ¡Menuda armaste, viejo soñador intrépido y aventurero! 

Y es que hay personas que nunca mueren, viven en nosotros y en cada uno de nuestros actos, lo cual me lleva a pensar que la vida no termina jamás. Sí, eso es lo que pienso sentada aquí en mitad de la nada, escribiendo unas líneas, sobre un momento que quedara grabado en mi corazón y en mi memoria con el calor del amor sincero, de la risa, de las ganas y de la luz de mi abuelo. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 
[Death Valley National Park, California] Fotografía Alberto Fil

lunes, 13 de marzo de 2017

LA CAPACIDAD DE VER


Marzo llegó con un descomunal regalo para mí: LA CAPACIDAD DE VER  lo elaborado y enrevesado de la naturaleza que nos rodea en comparación a lo sencillo que debe y tiene que ser el amor. 
Quién fuera que fuese quien creó nuestro planeta no escatimó en detalles, matices, formas y colores. Para nada se tomó el trabajo a la ligera y en cambio las personas nos tomamos tan en serio a nosotros mismas que cuando te fijas bien en lo que hay a tu alrededor, al alcance de tu mano, no puedes no sentirte ridículo. Contemplando y observando cada minúsculo detalle de la creación comprendes si estás en tu sano juicio que jamás vas a necesitar nada diferente a lo que te rodea para oxigenarte; ni siquiera puedes tener motivos razonables para sentirte ansioso ni con ganas de poner el contador a cero para seguir con la vida. 
Yo lo he comprendido, por fin. Lo supe una mañana en que me desperté con el trino de los pájaros en mis oídos y una sonrisa en los labios y me dije a mí misma: «La primavera ha llegado con toda su belleza y matices y soy afortunada por poder disfrutar con todos los sentidos de semejante despliegue.»
Y del mismo modo como supe de mi fortuna, con esa misma certeza y claridad; con esa capacidad de ver, que se aprende, porque a mirar y a ver también se aprende; supe, que el amor al contrario que la naturaleza es cosa sencilla y que todo lo que yo necesito en mi vida para ser feliz es a Alberto y su forma de mirar el mundo. Mi suerte es que lo tengo cada noche acostado a mi lado. Supe que teniéndolo a él lo tengo todo. Supe en ese momento y lo sé ahora mientras escribo estas líneas que podemos vivir en una sola habitación de quince metros cuadrados en las islas de la Magdalena en Canadá o en Chiapas en México, sin hacernos falta nada más, sabiendo como sabemos que al otro lado del cristal de la ventana hay algo espectacular que nos aguarda y que ningún hombre ni ninguna mujer es capaz de abarcarlo ni comprenderlo en toda su hermosa inmensidad. Con él y de su mano he aprendido todo lo que necesito para ir por la vida sin zozobrar, él ha sido quien me ha enseñado a contemplar la maravilla que resulta ser la naturaleza para los ojos que saben mirarla. Lo único que me hacía falta era tomar conciencia de que por fin yo también poseo ya la capacidad de ver y con ella el saber que el aquí y el ahora es nuestra eternidad. De modo que tomé conciencia de lo qué ello significaba y de cómo esa capacidad de ver iba a cambiar mi vida y desde ese momento irradio felicidad y soy toda alegría. 
La magnitud, la fortuna, de poder ser testigo de primera mano y en primera fila del espectáculo que es la naturaleza solo es comparable a sentirte amado sanamente. Pues así como la naturaleza es fruto de un meticuloso y complicado trabajo de creación que me deja boquiabierta y me maravilla, el amor sano y verdadero, es de una sencillez tan rotunda que también me fascina y me maravilla. Esa clase de amor es como una suave manta que te envuelve y de la que no quieres desprenderte; es como un dulce sueño del que no quieres despertarte; es viajar a solas con él en un automóvil por una carretera y saber que ninguno de los dos necesita a los otros seres del planeta. Sí, en mi vida el amor es él, es Alberto. La sencillez de su forma de amar, de ese amor me llena de dicha y me hace sentir viva del mismo modo como me siento dichosa y viva cada vez que tengo la enorme suerte de presenciar cada día la complejidad de la obra que alguien creó poniendo todos los sentidos, como si en ello le fuese la vida, y que nosotros llamamos naturaleza, ―como a una sartén la llamamos sartén y a una silla, silla―. Sin reparar en que cuando pronunciamos la palabra NATURALEZA, estamos nombrando algo tan grande e infinito, que no hay humano capaz de explicarle al mundo su verdadero significado y no porque no pueda, sino puesto que no existen palabras suficientes para abarcar lo inabarcable, como mucho e hilando fino podremos aproximarnos a definirla mediante los sentidos y la mirada. A través de esa capacidad de ver que yo ya poseo. Gracias a que el amor y hombre de mi vida me ha mostrado con una paciencia infinita el camino, la distancia y perspectiva que debía de tener mi mirada. Alberto me ha enseñado a abrir todavía más los ojos bajo la luz del sol. Pues como él me repite parafraseando a Dillard: «El secreto de ver es navegar con viento solar.» 
Y sí, lectores míos, desde que poseo la capacidad de ver no me cabe la más mínima duda, de que el aquí y el ahora es nuestra propia eternidad y que en la naturaleza están todas las respuestas y más. Sólo hay que aprender a mirar. Sólo hay que tener la capacidad de ver. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz
[Joshua Tree, California] Fotografía Alberto Fil

sábado, 11 de marzo de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 


Una foto para el segundo sábado del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

viernes, 10 de marzo de 2017

UNA TEMPORADA EN TINKER CREEK


«Hoy es uno de esos excelentes días de enero parcialmente nublados en los que la luz escoge una inesperada parte del paisaje para adornarla de oro y luego las sombras lo barren. Sabes que estás viva. Das grandes zancadas intentando sentir la curvatura del planeta bajo tus pies. Kazantzakis cuenta que de joven tenía un canario y un globo terráqueo. Cuando soltaba al canario, se posaba en el globo y se ponía a cantar. Durante toda su vida, mientras recorría el mundo, sintió como si llevara sobre la mente un canario cantando.»


[#lecturasquesuman: Libros 12, es decir, aquellos en los que descubres cómo la vida palpita en cada página.]

lunes, 6 de marzo de 2017

DE BARANDILLAS Y LIBROS


«Me despierto preguntándome qué estoy leyendo, 
qué será lo siguiente que leeré. 
Me aterroriza pensar que 
se me pueda agotar la lectura.» 
―Annie Dillard― 


Os habrá pasado a muchos de vosotros el tener ganas de abalanzaros sobre un cesto repleto de libros después de haberle puesto fin a un proyecto fascinante a la par que agotador. En ese momento se valora muchísimo el poder recuperar los usos y costumbres, por tanto no es extraño para los que nos gusta leer el tener unas ganas enormes de atrincherarnos tras una pila de libros hasta recuperar el ritmo y la armonía de nuestros mejores días, y también cómo no, la serenidad y la cordura. Pues hay etapas y proyectos que minan ambas. Y ahí entra el libro como sostén, como asidero, como protector, como bálsamo. Ahí es cuando cobra sentido esa magnífica frase de Núria Espert que tanto me gusta de: «La lectura es para mí algo así como la barandilla en los balcones.» 

¡Ay, los libros, el libro! Ese objeto plagado de tantísimas cualidades capaz de contarnos tantas y diversas historias, a la vez, que nos cura el espíritu, que nos devuelve el equilibrio, que nos sirve de tubo de escape, y que de alguna forma nos salva. 

Si la vida fuese perfecta no serían necesarios ni los médicos ni nosotros los contadores de historias, pues si unos se ocupan del cuerpo, los otros del espíritu. Si la vida fuese perfecta no tendríamos la necesidad ni de fármacos, ni de libros, ni barandillas, si la vida fuese perfecta no tendríamos miedo a caer. Incluso le encontraríamos cierto encanto. Pero mientras tanto y sin miedo a los efectos secundarios no nos queda otra que seguir agarrándonos a nuestros subterfugios particulares, o sea, a las barandillas del siglo XXI. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

domingo, 5 de marzo de 2017

Y SI HAY LUZ ...



«Tómatelo con calma si hay luz te encontrará.»
―Charles Bukowski―


Nos gustan las velas. Apagadas porque sabemos que están ahí. Encendidas porque nuestra casa huele a hogar. Es importante saber cuál es el olor del hogar. A Alberto y a mí, nos gusta encenderlas en días de lluvia y en tardes de tormenta, porque le dan al ambiente un aire muy nuestro, muy bohemio; como también en las noches de verano, en esas en que la suave brisa hace que la llama flamee. Por supuesto nos gusta encenderlas en invierno, pues son testigo y compañía de días perfectos. Un día perfecto puede redondearse al encender una vela y que su aroma inunde la casa. Es como la guinda del pastel. Y cómo no, en Navidad, qué sería de una Navidad sin velas. Sí, lo admito tengo querencia por las velas, probablemente desde mi infancia en Caótica donde eran frecuentes los apagones en las tormentas. He vivido a lo largo de mi vida bastantes cortes de luz en distintos lugares del mundo, ―que nos han sumido durante muchísimas pero que muchísimas horas en otra clase de existencia―, para creer a pies juntillas en la fiabilidad del suministro eléctrico. Por experiencia sé que nadie me puede asegurar que un apagón no puede suceder de un momento a otro, ni que el suministro eléctrico es algo estable e inalterable, ni que este mundo que habitamos de internet es algo que jamás se va a extinguir. No es que no confíe, es que no me gusta dar las cosas por hechas, ni por sentado. Si lo hiciese no sería yo.
Pero, volviendo a las velas, éstas mucho han cambiado desde mi infancia a día de hoy. Entonces encendíamos una vela y la depositábamos en un plato o en un vasito tras verter un poco de cera para que se pegase, hoy las velas ya vienen con vaso incluido. Lo que resulta ser una maravilla, y para más deleite la cera vuelve a ser cera vegetal. Hace mucho tiempo que les dije adiós a las velas de parafina que además o por ser tóxicas, acababan siempre produciéndome dolor de cabeza y picor de ojos. ¡Cómo para no decirles adiós! Si lo que buscas es darle un toque acogedor a tu hogar no se me ocurre mayor estupidez que intoxicarlo. Lo lógico es encender una vela que huela a coco, a cítricos, a helado de mora, a vainilla, a jazmín, a flores silvestres, a naranjo, a bergamota, a madreselva, incluso a nube de azúcar. Pero a petróleo…, no, por favor. Hay que tener respeto tanto por nuestras vidas como por las velas, puesto que las velas son algo más que un complemento de decoración, las velas existen para aportarnos luz en la oscuridad, las velas existen para darnos paz y refugio, las velas existen para consolarnos, las velas existen para hacer de un lugar un hogar, las velas existen para poner cordura a la sinrazón; sino contestad a esta pregunta: ¿Por qué cuando sucede algo tan abominable como los atentados que por desgracia sufrimos e invaden nuestro día a día, de extremo a extremo del mapamundi, las personas de bien salen a las calles y depositan allí una vela encendida? No será, lectores míos, porque las velas en algunas ocasiones son lo único capaz de iluminaros en nuestra hora más triste y oscura. Sí, sé lo que estáis pensando: las velas iluminan el alma. 

¡Feliz domingo!
Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

viernes, 3 de marzo de 2017

EL TREN Y LA METÁFORA



«La vida es sentir y fluir. 
La vida no es simplemente estar.»  
―Alberto Fil―

El tren siempre ha sido mi medio de transporte preferido y siempre he supuesto que era así por el aire romántico y reflexivo que posee viajar en él. Es una realidad que nada tiene que ver el viajar en los trenes de hoy como en los de ayer. En la actualidad los viajeros encadenados como están a la tecnología han convertido el viajar en tren en un guirigay, vacío de todo contenido, perdiendo y dejando atrás de esa manera aquel hermoso silencio en el que sólo se oía el traqueteo del mismo tren, el alegre pitido al entrar en una estación, el zumbido desafiante al atravesar un túnel, el cariñoso lamento al decirle adiós a un apeadero en el que detenerse era un imposible, el inconfundible balanceo en cada cambio de agujas mientras los pensamientos vagaban libremente por cada vagón. Pero, aun así, sigue siendo mi transporte preferido, pues demasiados amaneceres he contemplado desde trenes y demasiadas estaciones han desfilado por delante de mis ojos, para desdeñarlo tan fácilmente, además una siempre puede aislarse con unos auriculares y la música adecuada y seguir pensando que viaja en un auténtico tren y no en una cápsula cuya finalidad sólo es llevarte de un lugar a otro, sin reparar siquiera en el paisaje que hay al otro lado del cristal de la ventanilla. Y aunque parezca increíble no me he percatado hasta ahora de la verdadera razón por la que me gustan tantos los trenes y soy tan afín a ellos. Todo surgió o mi descubrimiento surgió, hallando de ese modo la verdad, al ser testigo de una conversación entre la mujer que me dio la vida y el amor y hombre de mi vida, es decir, entre mi madre y Alberto, les oí hablar de lo mucho en qué se parecen los miembros de una familia por muy distintos que se crean entre sí, en cómo una familia no deja de ser una unidad con un mismo modo de proceder, pensar y sentir. Me maravilla ser testigo de las conversaciones que mantienen ambos, del cariz de éstas y de su profundidad. Pues bien, de esa conversación entre ambos, pensé en cómo me manejo yo por la vida y en cómo y cuánto se parece esa forma de encarar la vida en respecto a cómo lo hace mi familia. El resultado fue rotundo. Es idéntica. Somos idénticos; y tanto Alberto como yo misma y el resto de mi familia, ya sea individualmente o en bloque vamos por la vida como trenes. De ahí, mi querencia por los trenes, pues estos son una metáfora de mi forma de ser y de estar en el mundo. Tanto de la mía como de mi familia. ¿Y cuál es o cómo es esa forma de ser, de estar y de proceder? Pues el avance, sin mirar atrás. Y ahora voy a centrarme en Alberto y en mí. Para ambos vivir es sentir y avanzar. Nos detenemos en muchísimas estaciones, conocemos a personas por decenas, descubrimos lugares con auténtica pasión aun sabiendo que en ningún lugar nos quedaremos definitivamente, y todo lo hacemos con honestidad y amor, con generosidad de corazón, sin perder nunca de vista el horizonte, sin despegar los pies del suelo; por ello, si llegado el momento tenemos que dejar a seres, sensaciones y sentimientos distintos apeados en estaciones, lo hacemos sin dudar, pues en nuestro ya no ánimo sino esencia está el avanzar, como lo está en el de todo tren. Amamos la vida; la sentimos en lo más hondo de nuestro ser, sabiendo que jamás nos traicionaremos a nosotros mismos; diferenciando entre lo que está mal y está bien; viviendo sanamente, alejados de seres y lugares tóxicos; con lo cual, como ya he dicho antes, si es menester dejar atrás gentes y lugares se dejan, ya que con toda probabilidad nada más tienen para aportarnos,  puesto que o han traicionado nuestra confianza o se han convertido en rémora y lastre o todo lo contrario, pero aun así, incluso habiendo sido experiencias hermosas y enriquecedoras ha terminado el trayecto de vidas que se cruzan de una estación a otra. Y ni Alberto ni a mí nos gusta la vida en bucle. Pues jamás olvidamos que vivir no es sólo estar, sino también fluir y avanzar, como los trenes. ¿Pues de qué sirve un tren estacionado en vía muerta por siempre jamás? Yo os contesto: de nada. Pues con la vida, lo mismo. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz