domingo, 28 de mayo de 2017

Naturaleza sin pausa



La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 


Una foto para el último domingo del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

martes, 23 de mayo de 2017

LA MESILLA



«Toda existencia tiene su idioma, toda cosa tiene su lenguaje.»
―Walt Whitman―


¿Existe o no existe en vuestra vida, lectores míos, esa mesilla que no precisamente tiene que ser de noche, pero sí que debe quedar a mano, donde sobre ella siempre están los mismos libros? 
No me refiero a los libros pendientes de leer sino a los leídos y releídos y a los que se recurre constantemente, puede ser que no diariamente, pero sí con la frecuencia suficiente para que esos títulos jamás lleguen a ser depositados en uno de los anaqueles de nuestras estanterías. Sí, supongo que sí. Me tomo la licencia de presumir que contáis con una y la tenéis repleta de esos libros que son una pequeña guía para caminar por el mundo, para despejar dudas, para reconciliarse no tanto con la vida sino más bien con el ser humano, incluso con nosotros mismos.
Fiados y a la espera, en la mesilla, están los títulos que en el siglo XXI son nuestro propio libro de rezos y que el hilo que los une se asemeja a un antiguo libro de horas, pues con ellos se ilumina nuestro interior, es decir, ellos alumbran en exclusiva al individuo que somos cada uno de nosotros. Por ello, cada persona posee su propia selección de títulos. Teniéndolos ahí, a mano, confiados y amontonados la mayoría de las veces sin ningún orden, pero siempre a nuestro alcance.
Yo debo de confesaros que en vez de una mesilla de noche, los tengo en un cesto, y ese cesto se parece a un bazar donde puedo encontrar los libros que son alimento básico para mi alma, para mi espíritu. Los tengo en un cesto puesto que al viajar tantísimo es más fácil volcarlos en él desde la bolsa de viaje y desde la bolsa de viaje en él, antes que ir colocándolos sobre distintas superficies, ya que de ser así, podrían contar su particular periplo por mesillas de todo tipo de hoteles, apartamentos, hostales y albergues. Confiarlos al amparo de mi bolsa de viaje o en el cesto me tranquiliza. Me satisface saberlos cerca, a mano y a buen recaudo.
Tener cerca a Henry David Thoreau, a Walt Whitman, a Annie Dillard, a Javier Gomà y a Pedro Salinas me fortalece y reaviva mi ser. Ya veis, mi mesilla, o más bien, mi cesto, alberga sólo poesía y ensayo. Ninguna novela, aun siendo este mi género preferido y el que más leo. Y eso es así puesto que para mí las novelas son como una casa por habitar, necesitan tu reposo no tu agitación, exigen un estado de ánimo muy especifico, las novelas demandan ti una predisposición, necesitan que les des parte de tu tiempo, de tus experiencias y de tus vivencias, parte de tu mundo interior para sacar lo mejor de ellas; en cambio, los títulos que me acompañan allá dónde voy, lo hacen, porque soy yo quien demanda todo eso de ellos. Y ellos, cumplen sin rechistar, muy bien con su cometido. Hacen que una y otra vez me refresque, como si bebiese en un arroyo de agua limpia y cristalina que corre llena de júbilo. Son ellos quienes me hacen resurgir algunas veces incluso de entre las tinieblas. Son ellos quienes cuando ando agitada me dan reposo. Son ellos la luz de la razón. Iluminándolo todo.
Mi deseo para vosotros en este día de hoy, lectores míos, es que tengáis vuestra propia mesilla. Que exista una mesilla en vuestro cada día.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz  

HAY DÍAS QUE SABEN A TARTA


«Si quieres entenderme ven a las sierras o a las playas.»
—Walt Whitman—


Hay días que saben a tarta y aunque no sea tu cumpleaños, tienes mucho que celebrar y por lo que estar agradecida. Hoy desde que me he levantado la vida me sabe a tarta. Quizás me ponga a cocinar una, como por ejemplo la del Monstruo de las galletas, —mi personaje favorito de Barrio Sésamo desde niña—, o tal vez salga a comprarla. Sí. Hoy, estoy contenta por mí y por los que cumplen años y por las alianzas indestructibles que no se rompen ni a la de tres. Estoy contenta, porque me siento afortunada de haber conocido a ciertas personas y que estas estén todavía de una manera u otra en mi vida. Estoy con ganas de asomarme a la ventana y gritarle al mundo que conocerlas valió la pena. Porque se molestaron en conocerme y en averiguar quién soy. Entraron en  mi vida a tumba abierta, sin reparos, sin dejarse las ganas fuera, sin hipocresías ni mezquindades, y me han visto correr descalza por sierras y por playas y me han amado por eso, me aman y me adoran por cómo soy. Como yo les amo y les adoro por cómo son todos ellos. En los últimos meses me he dado cuenta de cómo quien no tiene que estar en tu vida porque nada te aporta, cae por su propio peso, y la existencia le expulsa de tu pequeño mundo, como Adán y Eva fueron expulsados del paraíso. Pero por el contrario, quien sí que debe estar, se queda aun pasen vendavales, tormentas, aun tenga que cruzar desiertos y silencios. Quiero decir, con esto, que la vida somete a tu entorno a una minuciosa criba y una mañana te levantas, abres los ojos y piensas: «Sí, conmigo están los que deben estar.» Y te sientes feliz porque todo encaja, todo está en orden, como si mientras dormías alguien hubiese ordenado tu vida, como quien ordena una alacena o un trastero. 
Es entonces, al poner los pies en el suelo y percatarte de ello, cuando cavilas por unos segundos en quién está y quién se quedó fuera, cuando como en un fogonazo recuerdas que hoy es el cumpleaños de una de las personas más importantes de tu vida, y ello te llena de alegría porque amas a esa persona, y ni corta ni perezosa, en vez de llamarle por teléfono, —algo demasiado manido—, decides hacerle tu tarta preferida, sí, la del Monstruo de las galletas, puesto que él sonreirá al verla ya que sabe que de ese modo le regalas de nuevo y por enésima vez un pedazo de tu ser, de tu intimidad. Y de la misma manera como el día te sabe a tarta, también te sabe a canción de cumpleaños y notas crecer dentro de ti unas enormes ganas de cantarle: «¡Y qué cumplas muchos más!» Porque verle cumplir años es el más preciado regalo que esa persona te puede hacer a ti. 
Pensad, lectores míos, lo afortunados que somos de tener en nuestras vidas a ciertas personas que aunque quizás estén un poco lejos, no te lo parece, puesto que para ti están igual de cerca que lo han estado siempre, porque están en tu corazón, allí habitan. Y ese es un magnífico lugar para estar. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

jueves, 18 de mayo de 2017

LOS ETMON, EL ARQUITECTO Y EL MAESTRO VIDRIERO


Antes de contaros lo que os deseo contar quiero recordaros que el secreto de la singularidad habita en conservar hasta el fin de los tiempos el espíritu del niño que uno ha sido. Fui una niña curiosa que amaba las historias y abrir puertas, soy una mujer curiosa que amo las historias y abrir puertas para ver que hay detrás. Dadme una puerta cerrada, que yo intentare abrirla para ver qué historia se esconde tras ella. Y si una vez abierta y conocida la historia me llevo una desilusión. Al menos, tendré la desilusión. Que es más que no tener nada. En mis viajes con Alberto cuando visitamos ciertos lugares no me gusta quedarme en la superficie, quiero saber más. Siendo como es la arquitectura una de mis debilidades, la construcción de ciertos edificios me maravilla y puedo permanecer durante horas encandilada contemplando hasta el más minúsculo detalle de una edificación, hasta que Alberto me arrastra hacia otro lugar. Pues bien, el pasado año estuvimos en una estación de tren que me pareció desde un principio que era un lugar sublime lleno de magia y energía y me pregunté cuál sería su origen. Preguntármelo era abrir una puerta cerrada. Si al hacerlo me llevaba una desilusión era algo que formaba parte del riesgo. Sin ambages ni disimulos abrí la puerta y me adentré, pues supe que había encontrado un rastro de migas de pan así que me puse a mirarla, a recorrerla, a contemplarla en distintas horas, con distinta luz, con distintos climas, en distintas épocas del año, indagué sin mucho éxito en archivos fotográficos, en libros y mantuve alguna que otra conversación con gentes que conocían el lugar. Esa búsqueda, ese tirar del hilo, duró semanas y semanas, hasta que encontré un conjunto de datos en el misma construcción que sumados a lo que el edificio me contaba de tanto observarlo pude componer y comprender la historia de la que es quizás una de las estaciones de tren más bellas del mundo y también el por qué del efecto que produce en quienes permanecen en ella durante horas. Espero poder trasladaros aunque sea una pequeña parte de ese efecto y que así comprobéis cómo la mayoría de las veces la verdad siempre se esconde tras los pequeños detalles.
De la estación de tren que recorrimos palmo a palmo, no hay constancia de que en otro tiempo hubiese sido una casa aunque de haberlo sido se hubiese parecido más a un castillo, pues cuenta con tejados de color verde en varios niveles y cinco torreones coronados por unos cucuruchos también verdes puestos del revés. Tiene tantas ventanas y de tan distintos tamaños que cuando alguien se propone contarlas acaba siempre despistándose, pero si algo llama especialmente la atención de ella cuando se contempla desde el exterior es el enorme reloj situado en la fachada, flanqueado a su izquierda por la escultura gigante de un león y a su derecha por la de un caballo. No se conoce, ni hay ninguna prueba, de que el reloj en algún momento haya dejado de funcionar ni de no dar los cuartos, las medias horas y las horas con precisión. Jamás el reloj se ha retrasado ni un segundo ni tampoco se ha adelantado; de ello, se han encargado los Etmon. Desde que el edificio tiene memoria eso ha sido así. Los Etmon son la saga de relojeros de mayor prestigio de esos pagos y siempre ha sido habitual ver al Etmon de turno subido a una larga escalera, sujetado por una gruesa cuerda, trajinando en las tripas del reloj. Se conoce desde siempre que a los viajeros les gusta constatar cómo cuando pasean a media mañana por el jardín delantero y están a la altura del reloj, son exactamente las doce menos veinte, ni más ni menos. No se sabe si les gusta ir al compás del reloj o que éste vaya al suyo. Esa es una de esas incógnitas o cuestiones que se quedan suspendidas en el aire pues nadie las formula, ni nadie las contesta, con lo cual nunca se conoce la respuesta, quedándose en el terreno de la duda. De lo que no le queda duda, ni sospecha, a todo aquel que visite el edificio es que los relojes tienen su lugar en él en demasía y pueden encontrarse por todas sus estancias en distintas formas y con distintos husos horarios y con un grabado en alguna parte de ellos del nombre de la ciudad a la que pertenece la hora que marcan. Sí. Los relojes en esa estación siempre han ocupado un lugar especial, ya sea por la fragilidad o quizás por la importancia del concepto tiempo, puesto que si uno se pone a pensar en él, comprende que la vida, al fin y al cabo, dura un rato. Otra peculiaridad de la estación es que si bien de día a la luz del sol tiene un aspecto insólito, como de cuento, incluso bastante fantasmal; por la noche, a la luz de la luna tiene justamente el aspecto contrario, ya que la cálida luz que emana de sus ventanas, le provoca calma a aquel que la mira. La estación por las noches desprende una belleza serena que reconforta, en la misma proporción, que por el día provoca inquietud o zozobra. Se percibe que la estación jamás ha causado durante el día una exclamación de júbilo, ni un atisbo de sentimiento o sensación de  alegría, sino más bien, produce un escalofrío. El interrogante está y la controversia salta al preguntarte si ese escalofrío se buscó o no al construirse, si fue premeditado o no. Si el arquitecto que la diseñó pensaba causar en quién la contemplase lo contrario a la amable admiración. Pero hay que decir en favor del arquitecto, que la estación nunca ha dejado a nadie indiferente, sino que siempre deja a todo aquel que la contempla fascinado. Aunque la fascinación sea perturbadora; fascinado se queda quien la mira, como presa de un hechizo. Y qué decir del estupor que causa cuando aparece de la nada en mitad de la niebla, pues la niebla es bastante habitual por esos pagos en los meses de invierno. Muchos han sido los que la han visto alzarse delante de ellos por sorpresa a su paso, conmocionándolos. Para seguidamente ir notando como el susto se les pasa al percatarse de la determinación con que la luz de su interior se filtra por las ventanas. Una luz que es capaz de traspasar la espesura de la niebla y llegar al corazón de los viajeros. Sí, sin ninguna duda, la estación en la noche, incluso con niebla tiene el poder de calmar. Algunos de esos seres conmocionados pueden dar fe de cómo han recobrado la serenidad y el aliento gracias a la estación, pues una vez dentro de ella, la calidez y el color miel de la madera con la que están forradas sus paredes y sus techos, las grandes vigas de madera que los apuntalan, apuntalando a su vez una vida segura, junto a las chimeneas en las que arde siempre desde otoño a primavera un buen fuego como si la vida les fuese en ello, les han hecho volver en sí, pasándoseles todo atisbo de inquietud en un santiamén. Muchos de ellos han pernoctado en ella tras haberse perdido o no haber alcanzado su tren y con la llegada del sol y la desaparición de la niebla, se han deleitado con la inmensa vidriera que cubre buena parte del techo de la nave central. Una vidriera en la cual con unas cuantas losetas de cristal de colores dibujaron en su centro el globo terráqueo de color azul, rosa, amarillo y verde. Sobre la vidriera se dice que el maestro vidriero que realizó su diseño, la fabricó, talló cada uno de los cristales y que luego minuciosamente la compuso era ciego, y había aceptado el encargo por una apuesta. Se decía que habiendo perdido la vista a la edad de ocho años, en el mismo taller donde toda su familia había soplado vidrio a lo largo de décadas, la vida le recompensó dotando a las yemas de sus dedos de ojos. El maestro vidriero poseía una habilidad en la punta de los dedos que a todos maravillaba y con ellos podía detectar desde la grieta o impureza más minúscula en un cristal hasta su color. Con ellos podía saber, percibir y detectar incluso lo que el ojo humano era incapaz. Ello le granjeó bastante fama y en vez de tener que echar el cierre cuando heredó el taller, incrementó los encargos. El de elaborar la vidriera de la nave central fue un desafío que asumió como propio y que llevó a cabo con éxito. Muchísimos años después de morir; su obra, ha quedado allí para siempre como también ha quedado su talento y su pericia para elaborar tan singular maravilla. Habiendo cumplido de esa manera con la superstición y creencia de que cuando uno muere debe dejar en el mundo algo tras de sí que ha creado con sus propias manos y que ha nacido de su mente e imaginación, de modo que su alma tenga un lugar al que regresar. La belleza de la vidriera se agranda con el paso del tiempo como se eleva el valor de todo arte, el alma del maestro vidriero es testigo de ello como también es testigo del efecto que su obra provoca en los demás, pues si bien, la vidriera consigue siempre dejar boquiabiertos a los que tienen la fortuna de ver como los rayos del sol la atraviesan y sus colores lo tiñen todo de vida; más boquiabiertos se quedan los que la contemplan cuando nieva ya que entonces se tiene la sensación de estar dentro de una bola de cristal de las que cuando se voltean caen copos de nieve; o qué decir, de lo extraordinario que resulta encontrarse debajo de ella cuando queda toda cubierta de nieve, pues el efecto es de estar viviendo dentro de un mundo que está del revés. En esos momentos y allí en ese enclave, no se puede evitar, os lo prometo, sentir muy adentro la impresión de que si te descuidas saldrás volando para ascender hasta tocar el hermoso dibujo de cristal con las manos, pues el corazón late excitado como si se hubiese convertido de repente en un corazón salvaje y una felicidad súbita acompañada de una música alegre de violín que solamente los oídos de los que están debajo de la vidriera pueden escuchar te impelen a cantar el Aleluya de Leonard Cohen. Algo que deja entrever que vivir en las raíces del mundo sería como vivir más cerca de la fe y de la belleza. Y quizás no se vive allí, quizás una existencia en ellas, resulta ser un imposible, para que el corazón no acabe estallando de pura dicha. Todo es posible. Ya que la vida no deja de ser un juego del que desconocemos la mayoría de sus reglas. Como un baile del que se desconocen a la perfección sus pasos, y aun así queremos seguir bailando y que no acabe nunca. Y, creedme, cuando os digo que esa estación, aunque no sea ni la vida ni un baile y aunque no se conocen ni sus reglas ni si las tiene, es un lugar del que a uno le entran ganas de no querer salir, ni marcharse, una vez dentro. De alguna forma es como haber vuelto al principio de las cosas o a la casilla de la salida o al pasatiempo que más nos fascinaba siendo niños; e incluso, se puede percibir que tal vez acabábamos de abrir la puerta de nuestra propia vida secreta.
El caso es que se tiene la impresión de que todo puede pasar y todo acaba de comenzar. ¿Y por qué sucede eso? He aquí lo que comprendí estando tantas horas en ella, pues sucede que hay lugares que como los seres vivos tienen alma y por ello no pueden dejarte indiferente. En ellos viven los sueños, las pasiones y la energía, es decir, el alma de quienes los idearon, de quienes los construyeron y también de cada ser que ha pasado por ellos. Incluso los tuyos. Por ello, están cargados de energía y te la trasmiten, una energía que viene de muchísimo tiempo atrás, pero no por ello llega a ti con menos fuerza. Es como reconocer en una mujer madura la belleza del vals que la niña que fue, bailó hace mucho pero que me mucho tiempo, y para quien el arquitecto construyo un edificio que debió ser hogar y que se convirtió en una estación de tren de la que todos podemos formar parte.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

martes, 16 de mayo de 2017

EL MÁS FASCINANTE DE LOS VIAJES


«Entre la multitud de hombres y mujeres
percibo que alguien me escoge
gracias a signos secretos y divinos.»
—Walt Whitman—


En este oficio de contar historias de nada sirve la inspiración si no va de la mano del talento y de la disciplina. No te sientas a la sombra de una palmera a verlas venir. No. Pensar eso es no saber de qué va todo esto. Cada día te instalas delante de la página en blanco y los días de mayor fortuna pues escribes más y los días de menos, pues menos. Escribir es un oficio que requiere de muchísima disciplina, paciencia, contención y trabajo, como también de una gran imaginación y de una buena dosis de conocimiento del alma humana para poder empatizar y manejarse con todo tipo de personajes, y de ese modo, ir resolviendo las distintas situaciones que estos te plantean. Escribir es el arte de crear mundos, y evidentemente, los años de oficio te llevan a hacerlo con mayor soltura. El oficio da oficio. Contar una historia en mi caso siempre es tirar del hilo después de preguntarme qué hay detrás de un título que me ha venido a la mente tan inesperadamente como un invitado sorpresa o tras haber contemplado una fotografía. Sí que es inevitable en ese punto, en el lugar donde nace la historia, al principio de la narración, preguntarte: ¿Cómo llega una historia a ti? ¿Te elige la historia a ti o tú la eliges a ella? Ese hecho para mí es el más misterioso del acto de escribir. 
Soy de pensar que es la historia quien elige ser contada por alguien en concreto, por un contador de historias en especial en vez de por otro. No obstante, cómo no, también doy por buena la otra opción, faltaría más, la de que un autor decide escribir sobre un tema tras documentarse sobre él. No es mi caso. Nunca ha sido ese mi caso. Pero hay autores cuyo trabajo se debe a un interés obstinado en escribir sobre un tema en concreto y no a dejarse conducir por las leyes del Universo que te llevan de viaje por derroteros tan impensables como apasionantes y cuya recompensa es mayor al partir desde cero. Aunque quizás por debajo de la decisión inflexible de esos autores de limitarse a escribir sobre algo específico, también y muy probablemente y sin ser conscientes de ello, fluctúan las mismas leyes que rigen mi vida como literata. Vete tú a saber. Sea como sea, estén planificadas o no, bienvenidas son todas las historias. Sin embargo, sí que puedo decir, puesto que eso sí que lo sé, que el mayor de los privilegios es que el Universo te elija a ti para contar una historia, que te conviertas en su voz, en el contador; y que esa decisión, se escape de tus manos es algo realmente extraordinario. Por ello, hoy estoy aquí. Y si en esta hora me he detenido en escribir sobre este tema, es porque se ha plantado con los pies bien firmes en el suelo delante de mí el reto, el desafío, la propuesta de una editorial californiana de tener que escribir la historia, con un número exacto de palabras y un título determinado de seis hermosas ilustraciones ya dibujadas. Eso sí, ella, la historia, a mi libre imaginación y hacer queda. Me proponen contar la historia de esas ilustraciones. Me indican que a través de ellas busque y encuentre el hilo del que tirar. De nuevo y casi de la misma forma se presenta ante mí la posibilidad de tirar del hilo. ¿Y cómo, lectores míos, resistirme a la propuesta? Si siempre he sido de carácter aventurero e intrépido y soy desde niña una contadora de historias. 
Así que me dispongo a ello, entre otras muchas cosas. De manera, que si lo tenéis a bien, deseadme la mayor de las suertes para el viaje que debo comenzar, pues contar una historia no deja de ser el más fascinante de los viajes que puede acometer el ser humano. 


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

sábado, 13 de mayo de 2017

EL DESHOLLINADOR



«Solo lo que nadie puede negar existe.»
―Walt Whitman―

Hace un par de días pasé por delante de un puesto de flores y vi para mi asombro un cubo repleto de calas de color morado. Por esa extraña asociación de recuerdos que hace que éstos circulen por mi mente a la velocidad de la luz: las calas moradas me llevaron al recuerdo de mi bisabuela, ―mujer férrea cuya disposición oral para contar historias estuvo siempre fuera de toda duda―, y de ahí, de su recuerdo, mi memoria me llevó a una historia de un deshollinador que me solía contar cuando yo era una niña. Me contaba que siendo ella también una niña le resultaba imposible resistirse a saber que se escondía detrás de una tapia en concreto. Cada vez que preguntaba le respondían lo mismo: que tras ella sólo había una casa vieja deshabitada en la que una vez hubo un hermoso jardín, pero que por aquel entonces sólo existía una casa que era escombros y un jardín que era maleza. La respuesta que le daban a mi bisabuela no le aplacaba su curiosidad. Y pensaba: «Si pudiese saltar la tapia, si pudiese saltar la tapia.» Y con el deseo a modo de soniquete se dormía la mitad de las noches. La tapia era enorme y le daba la vuelta a toda una manzana, a lo largo de ella había dos viejas puertas de hierro, ambas cegadas con unos tableros de madera para hacer cambiar de opinión a todo aquel que quisiera entrar a merodear. Como he dicho antes mi bisabuela era de voluntad férrea y ni se achantaba fácilmente ni se desanimaba por muchos escollos que encontrase a su paso. Así la conocí y de esa manera era ya siendo una niña, de modo que además de pensar cómo saltar la tapia o como sortear los maderos que sellaban las puertas, tenía de igual forma todos los sentidos abiertos, como tenía los ojos y los oídos, por si en una de esas podía averiguar algo de aquel lugar que le facilitase ver lo que ocultaba la tapia; convirtiéndose para ella el descubrirlo en una especie de desafío. Y como el Universo a veces o muchas veces conspira a nuestro favor, estando una tarde fregando los suelos, ayudando a su madre en las tareas de la casa y en la crianza de sus hermanos, oyó, sí, oyó, como su madre y una vecina hablaban de cómo había enmudecido y también de cuánto se había dejado desde que la casa grande estaba deshabitada alguien que acababa de pasar y las había saludado con un movimiento de cabeza. Cuando mi bisabuela oyó que hablaban de la casa grande, es decir, de la casa de detrás de la tapia que a ella tan intrigada la tenía se puso alerta, se levantó del suelo e intentando no derramar el agua del cubo, tiró el trapo y salió disparada hacia la calle; cuando llegó, por fortuna todavía estuvo a tiempo de ver la espalda y las hechuras de esa persona y por su vestimenta vio que el destinatario de aquel comentario era el deshollinador. Entonces ella se preguntó: ¿Por qué el deshollinador había enmudecido y se había dejado al quedarse vacía la casa? ¿Que tenía qué ver el deshollinador con que la casa estuviese deshabitada y fuese escombros y maleza según la gente?
Otras tantas preguntas se agolparon en su mente y reparó, quizás por primera vez, en que muchas personas a las que muy bien conocía habían visto la casa en todo su esplendor y sabían cosas sobre ésta que ella ignoraba. Me confesó que se sintió injustamente discriminada. ¿Por qué no podían contarle la verdad sobre la casa grande? ¡Y claro, aquello resulto ser todavía más un acicate para su ya despierta curiosidad!
Conocía al deshollinador desde siempre, era alguien que siempre estaba ahí, te cruzabas con él infinidad de veces. Vestía de negro, pensaba ella para hacer que el hollín no resaltase tanto sobre él, pues ya lo hacía bastante en sus manos y en su cara. Francamente, mi bisabuela, no sabía cuál era el rostro del deshollinador de tanto tizne como llevaba sobre él.
Le suplicó un mediodía a su madre que le contase algo sobre la casa grande, y su madre, le respondió que no había nada que contar sobre la casa, le dijo exactamente estas palabras: «La habitaban una familia y de la misma forma como un día decidieron instalarse en este lugar, un buen día decidieron irse y ya está. No hay nada más que contar. Fin de la historia. Ya sé que no te vas a conformar con eso, que tus finales de historias deben de tener una explicación. Pues bien, si quieres saber... La única explicación que hay detrás de ello es que alguien hizo algo que nunca debió hacer. Atiende a lo que te digo: Cada uno tiene que estar con los de su clase. Esa es una buena moraleja. Y ahora no preguntes más. No me vengas más con la misma monserga.»
Mi bisabuela enmudeció, se prometió no preguntarle más a su madre para no enfurecerla. Pero estaba contenta puesto que cada día tenía más información. Dedujo que algo había pasado en la casa grande y en ello tenía que ver el deshollinador.
Pensó en abordar al deshollinador, pero lo asumió como algo imposible. Ya que aunque ella no fuese miedosa, el deshollinador si que la echaba para atrás. Puesto que él nunca abría la boca, no hablaba con nadie, es más, ella no le conocía ni siquiera la voz, saludaba a la gente con un movimiento de cabeza y jamás lo había visto con otra vestimenta que no fuese la del trabajo. Es decir, encima llevaba siempre más mierda que el palo de un gallinero. ¡Cómo iba a preguntarle nada, a entablar conversación con él!
Pero entonces fue cuando mi bisabuela aprendió una de las mejores lecciones de su vida, antes de aprender las muchísimas más que le tenía reservadas el destino. Y era que cuando menos te lo esperas salta la liebre, y lo aprendió una calurosa y silenciosa tarde después de comer cuando pasó de nuevo junto a la tapia rozando con los dedos la pared. Se percató al pasar por delante de los maderos que tapaban una de las puertas que uno estaba separado de los otros, dejando a la vista un hueco considerable. Inmensas fueron sus ganas de entrar. Se mantuvo dubitativa durante unos minutos delante del agujero. Pensaba que estaba mal entrar en una propiedad ajena, pero también pensaba que las ocasiones las pintan calvas. Y con el arrojo que siempre la caracterizó decidió colar su cuerpo de niña por aquel agujero que lo entrevió como una bendición del cielo. En ningún momento pensó que podía correr peligro. Esas cosas en los tiempos de mi bisabuela, como en los de mi infancia, no se nos pasaban por la mente ni por asomo. Y lo que vio era lo que le habían contado: Una espesa hojarasca y broza y al fondo una casa en ruinas. Mientras cavilaba y sopesaba si sentir desilusión o no, un ruido la hizo avanzar unos pasos, entonces vio con sus ojos azules y cristalinos como en mitad de la maleza se abría un claro donde un pequeño jardín seguía cultivándose. En él predominaban las calas de color morado. Jamás había visto unas calas de ese color. Siempre las había visto de color blanco. Pero moradas como las berenjenas nunca. Contemplándolo extasiada como estaba, preguntándose de dónde habían salido, no oyó como alguien se acercaba a ella. Hasta que escuchó una voz desconocida. Me contó que antes de darse la vuelta pensó que era una voz muy hermosa, una de esas voces que te reconfortan y te abrazan, y supo que si no la volvía a oír, la recordaría siempre. Cuando se dio la vuelta para ver quién le hablaba, fue tal su sorpresa al encontrarse de frente con el deshollinador que incluso dio un respingo y un ridículo gritito. Ante lo que él le dijo que no se asustase. Mi bisabuela se dio cuenta de que tenía delante de ella la respuesta a todas las preguntas que se había hecho a lo largo de tanto tiempo; por ello, entabló conversación con el deshollinador como si hubiese hablado con él cada día de su corta vida. De modo que esa tarde sin esperarlo mientras ayudaba al deshollinador a trabajar en el jardín de calas de color morado, conoció que el deshollinador se había enamorado de la hija de los moradores de la casa grande y lo que era más fascinante para él, ella de él. Sabían que eso era algo que no estaba bien, ella no era de su clase social, pero nada podían hacer con el fuerte sentimiento que había nacido entre ellos dos, más que amarse, más que vivirlo, aunque fuese en secreto. Sin embargo, los padres de ella acabaron por enterarse y pusieron tierra de por medio, llevándosela, sin mirar atrás. Sin importarles que dos corazones se quedaban en suspenso, rotos. 
Él, transcurrido un tiempo desde la marcha de ella, cuando la construcción ya se venía abajo y el jardín empezaba a perder su forma—, un poco por sobrevivir a la perdida, para plantarle cara a la tristeza, pero sobre todo para no borrar del todo de la faz de la Tierra aquel amor, decidió cultivar en unos pocos metros la flor preferida de ella: las calas de color morado. Y le dijo a mi bisabuela: «De este modo nadie puede negar que existe una mujer a la que amo y un amor que ha sido y es tan real como lo son estas flores. Cada una de estas calas representan una hora de la verdad de nuestra historia de amor.» En ese momento el deshollinador se restregó el rostro con un paño quizás para borrar sus lágrimas, el caso es que mi bisabuela le vio por primera vez el rostro sin hollín y pudo constatar que el deshollinador era muy pero que muy guapo. No le extrañó para nada que quien adoraba las calas moradas se hubiese enamorado de aquel hombre que tenía aquel rostro y aquella voz. No sabía por qué el deshollinador le había abierto su corazón, años después pensó que lo había hecho para que su historia no muriese con él. Y no, no lo ha hecho, ha llegado hasta los días de hoy y lectores míos a vosotros os la cuento, en vosotros la deposito, para que siga viviendo. Mi bisabuela en gratitud al deshollinador puesto que sin él saberlo había contestado a todas sus preguntas, sólo le hizo una petición, pues pensó que nada puede gustarle más a un hombre que pronunciar en voz alta el nombre de la mujer a quien ama. Así que le pregunto: «¿Y ella, cómo se llama?» Y el deshollinador con los ojos llenos de vida y una sonrisa en los labios le respondió: «Osbelia.»


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

jueves, 11 de mayo de 2017

EL CAFÉ DEL TIEMPO PERDIDO


«El reloj marca la hora, pero ¿qué marca la eternidad?»
―Walt Whitman―


Tal como van pasando los años, tal como vamos envejeciendo es tan importante tener el paisaje despejado, como el horizonte claro. Tenemos que ir viviendo libres tanto de ataduras como de arrepentimientos. Se nos agota el tiempo con cada día que pasa; por eso es menester, es necesario, incluso es un acto de justicia y honradez con nosotros mismos ir ocupándolo sólo en aquello que verdaderamente nos interesa. No tenemos por qué pagar injustos aranceles por vivir. Por ello hay que soltar lastres, cerrar etapas, pasar página, incluso capítulos y libros enteros. Hay que saber escoger para no tener que ir arrepintiéndonos a dos por tres. En definitiva, hay que dejar de hacer el bobo y concienciarse del valor innegable del tiempo, para no perdernos en el ruido que acompaña cualquier vida en el occidente del siglo XXI.
Uno si no sabe, debe aprender a cribar y a reservarse su tiempo para lo que le resulta realmente placentero, para lo que en verdad le compensa y le recompensa del desgaste al que nos aboca la existencia. El tiempo si siempre ha sido vida, a partir de cierta edad, todavía lo es más; de ahí su riqueza, su valor, de ahí lo imperioso de saber invertirlo con inteligencia. Uno cuando mira el paisaje que lo rodea debe comprobar que está realizando aquello que en efecto le satisface y que en él, —en su paisaje—, están quien francamente lo son todo para él, si no es así, le será muy difícil encontrarse a gusto tanto en el presente como cuando haga el esfuerzo de mirar un poco más allá al horizonte y por supuesto cuando ya se encuentre en él. Es decir, cuando el horizonte se convierta en presente. Lo que te dice que tu personalidad no es maleable, no es influenciable, es cuando tu horizonte es claro y se mantiene intacto con el paso del tiempo, cuando tu deseo futuro está ahí y el tiempo lo consolida, en vez de menguarlo, y se muestra ante ti con una lucidez brutal sin fisuras; y tú, erre que erre, te empecinas en que todo discurra para que así sea, para que tu paisaje actual sea tu paisaje deseado y de esa forma se convierta tu horizonte soñado en realidadPor ello y para ello hay que saber valorarlo todo, incluso, las cosas más pequeñas como cada segundo e instante; como también cada circunstancia y ubicación, puesto que todo acaba transformándose en importante. 
Y algo que resultaría tan nimio a simple vista como descubrir un restaurante mientras vas callejeando con tu chico por las calles de Canadá y decidís cenar en él y disfrutar de una divertida noche hasta echar el cierre, se torna en algo relevante por la persona con quién compartes ese momento y ese lugar y más cuando el sitio se llama El café del tiempo perdido. Resulta entonces trascendental, al percatarte del nombre del local, saber que estás con la persona adecuada, viviendo y luchando por la vida que os gusta. Intentando juntos quitar del paisaje todo aquello que os estorba para ver el mundo con vuestra forma de entenderlo, de estar en él, y saber al miraros a los ojos qué es lo que vale la pena y lo que no. 
Por ello, puesto que nada es tan minúsculo ni nada es tan baladí, Alberto y yo, intentamos cada día no desperdiciar ni un instante ni un momento ni un lugar. No nos es muy difícil, ya que a ambos nos disgusta perder el tiempo. Es algo que está en el ADN de los dos.
De modo que si lectores míos os exhorto a que invirtáis con conciencia vuestro tiempo, vuestros momentos y lugares y escojáis bien con las personas que lo compartís, hacedme caso, pues la molestia o el esfuerzo de la criba, de la elección, no sólo a medio y a largo plazo os dará rédito sino también a corto.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

lunes, 8 de mayo de 2017

LOS SINSUSTANCIA


Si observamos más allá de las relaciones parentales, sentimentales y fraternales en el flujo constante de personas que se cruzan en nuestro caminar a lo largo de la vida, constataremos cómo en ese conglomerado formado por todas las personas que llegamos a conocer y que están de paso en nuestra vida, como nosotros lo estamos en la de ellos, admite una segmentación de tres tipos de gente que dejan en ti sensaciones distintas cuando la memoria te los trae desde el pasado al presente. Así pues están los que dejan un poso de energía positiva y muchísimas horas de risa incluso un brillo en los ojos; los que por el contrario, su recuerdo es pernicioso por lo tóxico que fue su contacto con ellos; y por último, está el tercer grupo en el que hoy me quiero detener por la curiosidad que despiertan en mi, puesto que no llego a comprenderlos y que son: los sinsustancia. Si el término sustancia significa: «Esencia, lo que permanece de un ser más allá de sus estados.» Lo contrario y aplicado a las personas nos lleva a decir que un insustancial o un sinsustancia es todo aquel al que le falta el grado de esencia o la esencia para permanecer en nuestra memoria, para trascender, ya que durante el tiempo en que le tratamos no fue capaz de dejar ninguna señal en nosotros. Cada vez que me he cruzado con una persona que ha resultado ser un sinsustancia, alguien sin fundamento, que va por la vida como pollo sin cabeza y lo que es más penoso que ni siquiera se da cuenta de ello, me ha fascinado como puede fascinarte la resolución de un enigma. La falta de juicio y madurez incluso por muchos años que tenga el sinsustancia es la característica principal de este tipo de personas. Y aunque probablemente a las primeras de cambio no te des cuenta de si estás ante un ser así, sí que te percatarás de ello, tal como vaya pasado el tiempo y notes que no te aporta nada y que su forma de proceder no atiende a una pauta razonable. Y por si esto fuera poco, los sinsustancia, ni siquiera resultan ser personajes tóxicos que te pueden producir urticaria. No, ellos son seres cuya naturaleza está diluida; y lo está en un componente al que yo jamás le he podido poner nombre. Pareciéndose demasiado a esas almas a las que Virgilio se refería como que vivieron en el mundo sin vituperio ni alabanza. Según el poeta romano, este tipo de gente, son esos seres que al morir el cielo rechaza por no ser lo bastante buenos, el infierno tampoco quiere admitirlos y el mundo no guarda recuerdo de ellos. Para mí los sinsustancia perfectamente quedan representados, enmarcados y delineados en la definición de Virgilio.
No obstante, el no poder comprender el cariz de la mente o de qué barrunta el cerebro o cuál es la composición de los pensamientos del sinsustancia es para mí como una asignatura pendiente en la que de cuando en cuando me detengo. Y cuando hablo de ello con Alberto me indica con su siempre certeza visión: «Tú siempre buscándole el por qué a todo. Un día tendrás que hacerte a la idea de que muchas cosas no tienen respuesta. Y los sinsustancia siempre serán un misterio de la naturaleza humana. Hazte a la idea.»
¡Y claro, cómo no hacerle caso al hombre y amor de mi vida! Pues de haber sido un sinsustancia jamás hubiese encontrado en él mi dicha. Así que, lectores míos, no sé vosotros que posición tomáis frente a estos seres, pero yo voy a seguir el consejo de Alberto y también por qué no el de Virgilio con su no hablemos de ellos más: míralos y pasa. 


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

sábado, 6 de mayo de 2017

LA TIGRESA Y EL ACRÓBATA


«El Cielo fija un destino para cada uno.»


 [#lecturasquesuman: Lecturas de 12, es decir, las que te invitan a subrayarlas con un lápiz.]

ALGO MÁS QUE UN ADJETIVO



«Aquí yace muerto el hombre / 
que vivo queda su nombre.»
—Epitafio de Rodrigo 
Manrique (1476)—


Por muchos años que cumpla, por muchas vueltas al mundo que de, por mucha gente que conozca y lugares que visite si hay algo que no deja de asombrarme cada vez que se planta delante de mí, y, no sólo asombrarme, sino que me subleva es: la mala educación. No creo que haya retrato que desenmascare más rápido y te diga cómo es alguien que la educación. De todos los rasgos y características de una persona la educación se muestra en cuestión de segundos, es como una polaroid. En unos segundos, en un par de minutos como mucho, descubres qué tipo de persona tiendes delante, al lado, detrás. Pues al contrario que la mayoría de particularidades que forman a cada individuo, unas heredadas culturalmente y las otras genéticamente, la educación se elige. Uno siempre es quien en última instancia elige ser un mal educado o no. Uno elige dar o no las gracias ante un acto de generosidad o de cortesía; quien elige dar o no los buenos días y las buenas tardes al entrar en un habitáculo; quien decide responder o no a una llamada a un reclamo o una felicitación; en definitiva, uno siempre es quien decide ser un ser civilizado o no y relacionarse por tanto con los otros como una persona o como un bárbaro. Y si bien no se tendría a bote pronto por qué dirimir con facilidad que tras un ser mal educado hay una mala persona, si que se puede más o menos llegar a esa conclusión pues libre es la elección y cuando una persona elige ser mal educado, está diciendo al mundo con su comportamiento que ya de primeras se considera por encima del resto, que se percibe a sí mismo como situado en un escalafón más alto. Cuando uno decide ser mal educado y se muestra así, está mostrando a su vez, una soberbia y una falta de respeto para sus congéneres que lo define a él como individuo. Y no creo que esa forma de actuar entre dentro de los parámetros para considerar buena persona a alguien. La experiencia siempre acaba o dándote la razón o quitándotela. Y la experiencia es quien me dicta que tras una persona que se ha mostrado mal educada desde un primer instante nunca hay una persona con buen fondo. Si ser educado no implica ser buena persona, ser mal educado sí que implica no serlo. ¿Qué cabe esperar de alguien que va por la vida considerándose mejor que el resto de los mortales y por ello no le hace falta tener ni un mínimo de consideración con ellos? Mi conclusión es que si tropiezas con alguien y por decirlo de alguna manera su primera fotografía a modo de polaroid, en menos de un minuto, te deja no entrever, sino ver a la claras, que es un mal educado, un ser grosero, no esperes mucho más aun pase el tiempo, puesto que el tiempo no te sorprenderá descubriéndote un ser maravilloso sino el tiempo sólo corroborará lo que la polaroid te mostró.
En el caso de los mal educados el tiempo sólo juega en su contra, pues la mala educación produce un efecto repelente y todo quisqui acaba alejándose de ellos. Pero, bueno, al fin y al cabo, cada uno decide qué imagen quiere tener y dejar tras de sí. Al fin y al cabo, las personas de nacimiento sólo somos un nombre y unos apellidos, el adjetivo calificativo con el que la gente nos relaciona y nos va a recordar el día de mañana nos lo adjudicamos nosotros mismos. Y si alguien decide por voluntad propia ser reconocido y recordado como un mal educado es su problema, no el nuestro.
De modo que lectores míos pensad bien con qué adjetivo queréis ser relacionados cada día de vuestra vida, con qué adjetivo queréis ser recordados. Pues ese adjetivo es algo más que un simple adjetivo, es el resumen de toda una vida.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

LA IMAGEN DE TU VIDA


«El artista fabrica una “copia de seguridad” de un mundo en fuga para levantar valiente testimonio de su belleza, grandeza y desconcertante injusticia horas antes de desvanecerse en la nada. Y así, aunque el cuerpo del artista se corrompa un día, exactamente como el de los demás hombres y mujeres destinados a morir, su alma sobrevive en el cuerpo resucitado de su obra artística, donde disfruta ya en este mundo de la gracia inaudita de una mortalidad prorrogada.»


[#lecturasquesuman: Lecturas de 12, es decir, las que te invitan a subrayarlas con un lápiz.]

viernes, 5 de mayo de 2017

LA VIEJA CHAMANA


«Túmbate conmigo en la hierba, apaga tus discursos,
no necesito palabras, músicas ni ritmos, ni costumbres,
ni conferencias, aunque sean las mejores.
Solo me gusta tu arrullo, el susurro y las confidencias de tu voz.» 
―Walt Whitman―


Demasiadas veces o mejor dicho constantemente a lo largo de mi vida me he sentido como la chamana de la tribu. Y ahora ya, tanto por experiencia como por edad, como la vieja chamana de la tribu. Si bien, la definición en los diccionarios de chamán es: «Hechicero que se supone con poder para entrar en contacto con los espíritus y los dioses, adivinar, y curar enfermos». Lejos estoy yo de adivinar nada, ni curar a nadie, ni por supuesto, conjurar hechizos. Risa me da, sólo de pensarlo. Sin embargo, no me queda otra que preguntarme a mí misma: ¿Si acaso algunas personas creen que poseo toda la sabiduría del Universo cuando en tantísimas ocasiones al confiarme problemas y conflictos de toda índole esperan sin dudarlo ni un instante que les responda con atino?
Pero, en fin, más allá de las preguntas que yo pueda realizarme, es una realidad y soy del todo consciente de que hace mucho que asumí que no podía ni parar, ni detener, la propensión e inclinación que las personas sienten hacia mí a la hora de contarme sus cosas para que yo les aconseje. Esa actitud frente a mí de los otros, que se mantiene en el tiempo como algo frecuente y habitual, es lo que ha hecho que acabe llamándome a mí misma la vieja chamana de la tribu. Y como el tótem que tiene la capacidad de proteger a los demás, que posee la fuerza, la energía y la clarividencia necesarias para que cuando le consultan y da algún consejo no caiga jamás en la falta de respeto, ni rompa la fe depositadas en él, ni tampoco menoscabe el equilibro ni la armonía que proporciona a los otros seres; he aprendido a darle a la gente el consejo o la opinión que me daría a mí misma en cada caso en concreto. Para tal menester se requiere de mucha paciencia y serenidad y también de la capacidad de saber escuchar y observar. Supongo que el ser una persona de naturaleza reflexiva antes que impulsiva me ayuda.
Y si bien es cierto que podría considerar motivo de satisfacción el que otros me busquen para resolver sus conflictos, no lo es, pues hay demasiada responsabilidad en ello. Por tanto, no puedo evitar imaginarme viviendo en un mundo en que nadie me pregunte nada y al visualizarlo me noto liviana. Porque hay algo en todo esto, en lo que nadie repara y es: ¿En quién apoya la cabeza la vieja chamana? ¿A quién le pide consejo ella? ¿Quién escucha sus preocupaciones? ¿Quién la sostiene en su peor hora? ¡Ah, lectores míos! He ahí el quid. ¿Necesita un chamán tener su propio chamán? Pues sí, lectores míos, claro que sí, evidentemente que sí. Y si yo no tuviese a Alberto en mi vida, que es quien mejor me conoce, quien me da siempre los mejores argumentos y quien hace que vea el mundo todavía con mayor claridad, quien además de mi amor es mi respaldo y mi equilibro, esta vieja chamana en más de una ocasión se desmoronaría. Él es mi norte y mi luz. Alberto es mi norte y mi luz. Y, lo cierto es que no tengo ni la más remota idea de si los chamanes existen o no. Pero sí que sé que existe gente de buen corazón que no es cicatera a la hora de echarle un cable a sus congéneres y que de tan pocos como hay resultan ser raras avis. Así que si tenéis a alguien cerca de vosotros que se preocupa por vuestro bienestar y lo hace honestamente, valoradlo, puesto que lo que más abunda en estos días son los egoístas y los egotistas.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

jueves, 4 de mayo de 2017

TRES DÍAS


«Él responde a todo lo que puede tener respuesta, 
y lo que no puede contestarse 
enseña por qué no puede contestarse.» 
―Walt Whitman―


Tres días. Setenta y dos horas son las que tarda el cerebro en adaptarse a una nueva situación y aceptarla como normal. Durante esos tres días tanto tu cerebro, como toda tu persona y tu pequeño mundo se queda suspendido en la nada, entre el pasado y el futuro. Entre el ayer y el mañana. Aguantando la respiración, con los sentimientos y las sensaciones del revés hasta que todo tu ser vuelve a sentirse bien. Este tránsito es algo imposible de comprender, incluso de sentir, en la adolescencia o en la primera juventud; cuando las personas por falta de experiencia somos propensas a hacer de un grano de arena una montaña, o de cualquier pequeño movimiento del suelo que pisamos un terremoto de escala considerable, o por un desencanto o un chasco una hecatombe capaz de poner patas arriba todo nuestro interior. Una de las mejores cosas que tiene cumplir años, quizás lo más maravilloso de superar la barrera de los cuarenta es como se relativiza todo, la rapidez con la que se relativiza tanto un desencanto como asuntos mucho más serios. Soportándolo y sobrellevándolo todo con una mayor ligereza, astucia, serenidad, resignación y sin tantas algarabías y estruendos.
Es a partir de esa edad cuando se aprecia mejor cómo el cerebro tarda sólo tres días en adaptarse. A partir de esa edad podemos ser verdaderamente conscientes de la capacidad de resilencia de nuestro cerebro, de nuestro yo. Comprobamos entonces cómo de hábil es para volver una situación adversa en algo que nos provoque el menos daño posible. Cómo se las ingenia para que lo anormal e inesperado se convierta en tu presente y en tu realidad a partir del tercer día y que ese hecho no nos parezca algo insufrible, inverosímil e imposible. 
Tres días que nadie se ha sacado de la manga ni de una chistera, sino que son un hecho probado científicamente. Se ha comprobado en repetidas ocasiones cómo en setenta y dos horas el cerebro hace su propia mudanza. Tres días para olvidar. Tres días para aceptar. Setenta y dos horas en que lo que nos parecía estar del revés, lo concebimos como que ya está del derecho. Entonces, os pregunto, lectores míos: ¿En realidad, qué son tres días? Es menos de lo que dura un resfriado y más de lo que dura tiesa una flor recién cortada. Tres días cuando uno tiene más de cuarenta años no son nada. Y a partir de cierta edad, si el cerebro nos salva de hecatombes y terremotos internos, deberíamos montarle una fiesta. ¿A qué sí? Por tanto, no desconfiéis ni siquiera un segundo, de que ese gran desconocido que es el cerebro en tres días se va a convertir siempre en nuestro mejor aliado, en el más leal y cómplice de los amigos. Dudo, lectores míos, que encontréis a alguien por esas calles que en tres días os sirva tan bien. De modo que queredlo y cuidadlo como lo que es. 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

miércoles, 3 de mayo de 2017

NOTAS A PIE DE PÁGINA


«Nadie, ni yo, puede andar ese camino por ti.
Tú mismo has de recorrerlo.
No está lejos, está a tu alcance.
Acaso te hallas en él sin saberlo, desde que naciste; acaso lo
encuentres de improviso en cualquier parte, en la tierra 
o en el mar.» 
—Walt Whitman—


Cuando los seres incluyo también los humanos llegan a tu vida, llegan con una nota a pie de página que tú omites leer en un principio; porque quizás no la ves con claridad o porque tal vez está escrita en un lenguaje cifrado o desconocido que todavía tienes que descifrar o aprender. Pero todos los seres llegan a ti con una nota a pie de página que obvias y que sin que te des cuenta se irá con el paso del tiempo introduciendo en tu existencia, en todo tu ser, haciendo que aflore en ti un sentimiento que aunque antes estuviese no estaba tan agudizado o tal vez no se había manifestado con tanto énfasis. Hay una leyenda o un runrún sobre el Universo que dice que éste te pone en las manos los instrumentos para que tú desarrolles una capacidad en concreto y no otra, en el momento en que es más necesaria para ti. Por ejemplo, en algunas ocasiones todos hemos pensado: ojalá tuviese más paciencia, o para acometer esto tendría que tener más gallardía, o a mis días le sobra dureza y le falta más suavidad, o me es necesario otro punto de vista para ver las cosas con mayor transparencia. Entonces el Universo en vez de darte la pócima de la paciencia, de la gallardía, de la ternura o de la clarividencia, como si de un jarabe se tratase, para que te bebas dos dosis diarias durante cinco días seguidos y te conviertas de ese modo, en un visto y no visto, en un ser lleno de paciencia, gallardía, ternura y perspicacia. Va, y hace, que se presente en tu vida un ser vivo que origina y provoca que tú desarrolles eso que tanto anhelas tener. Y un día se asoma a tu puerta y sin llamar entra en tu hogar y por ende, a tu vida, un cachorro de perro que te aboca a desarrollar una paciencia infinita porque él lo vale y lo necesita; o una contrariedad de difícil resolución que te hace buscar en ti cada gramo de valentía, arrojo y fuerza para afrontarlo de cara sin miedos; o llega una persona totalmente desconocida y dado su carácter sin apenas tú notarlo calma tus días, suaviza tus horas, y por lo que va significado ella para tu persona, con los meses hace brotar en ti un sentimiento de bondad y ternura hasta límites insospechados, que llega a asombrarte, convirtiéndose en un ser necesario en tu día a día; o cae en tus manos un libro que te hace reflexionar, despejando tus dudas y te da una nueva visión de lo que te preocupa, teniendo así una perspectiva más amplia, ésa que tan menester te es.
Si hacéis, lectores míos, el ejercicio mental de pensar cómo llegasteis a tener tal o cual capacidad comprobareis con una facilidad pasmosa como algún ser vivo intercedió para ello, para que la alcanzaseis.
Comprobareis como crecer como personas es en el fondo un ejercicio de aprendizaje en el que sin duda alguna intervienen otros. Constatareis como las notas a pie de página son las huellas, la impronta, que los otros dejan en nosotros para los restos. Y el conjunto de todas esas notas a pie de página de los seres a los que amamos, admiramos y queremos o quisimos, como también las de los que llegamos a odiar y nos hicieron sufrir, hacen que nuestro libro de la vida se enriquezca convirtiéndose en algo único e imposible de cambiar por el de otra persona. De tal manera que el libro junto a las notas a pie de página dibujan nuestra historia. Esa que nos pertenece sólo a nosotros y por ello resulta ser extraordinaria e intransferible y también hermosa porque es la nuestra y sólo nosotros la hemos podido escribir de esa forma y no de otra. Pues, al fin y al cabo, cuando vinimos cada uno de nosotros a este mundo nuestra historia era un folio en blanco.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

lunes, 1 de mayo de 2017

OBRA ESCOGIDA



LA TERRIBLE DUDA DE LAS APARIENCIAS ―Walt Whitman―

«La terrible duda de las apariencias,
la incertidumbre de que después de todo podamos estar
equivocados,
que acaso la confianza y la esperanza no sean al fin más que
especulaciones,
que acaso la identidad de ultratumba no sea más que una bella
mentira;
acaso las cosas que percibo, los animales, las plantas, los
hombres, las montañas, las aguas que corren
resplandecientes,
los cielos del día y de la noche, los colores, las densidades,
las formas: acaso estas cosas sean (como sin duda lo son)
simples apariciones, y acaso lo verdadero sea algo que
quede aún por conocer
(cuántas veces se me ocurre pensar que no sé nada de ellas);
acaso pareciéndome que son (como sin duda no hacen más que
parecer), desde mi actual punto de vista, y podrían (como
naturalmente resultarían) no ser nada de lo que parecen,
o nada en absoluto, partiendo de puntos de vista del todo
distintos.
Para mí estas cosas y otras semejantes encuentran curiosamente
respuesta en los que me aman, en mis amigos queridos,
cuando el que amo viaja conmigo o se sienta un largo rato
teniéndome de la mano;
cuando el aire sutil, impalpable, el sentido que las palabras
ni la razón expresan, nos ciñen y nos penetran;
entonces sucumbo bajo el peso de una sabiduría inaudita,
inexpresable, permanezco silencioso y no pregunto nada.
No puedo resolver el problema de las apariencias ni el de la
identidad de ultratumba,
pero avanzo o me detengo indiferente: estoy contento;
el que sostiene mi mano ha satisfecho por completo a mi ser.»



 [#lecturasquesuman: Libros 12, es decir, aquellos en los que descubres cómo la vida palpita en cada página.]