martes, 23 de mayo de 2017

LA MESILLA



«Toda existencia tiene su idioma, toda cosa tiene su lenguaje.»
―Walt Whitman―


¿Existe o no existe en vuestra vida, lectores míos, esa mesilla que no precisamente tiene que ser de noche, pero sí que debe quedar a mano, donde sobre ella siempre están los mismos libros? 
No me refiero a los libros pendientes de leer sino a los leídos y releídos y a los que se recurre constantemente, puede ser que no diariamente, pero sí con la frecuencia suficiente para que esos títulos jamás lleguen a ser depositados en uno de los anaqueles de nuestras estanterías. Sí, supongo que sí. Me tomo la licencia de presumir que contáis con una y la tenéis repleta de esos libros que son una pequeña guía para caminar por el mundo, para despejar dudas, para reconciliarse no tanto con la vida sino más bien con el ser humano, incluso con nosotros mismos.
Fiados y a la espera, en la mesilla, están los títulos que en el siglo XXI son nuestro propio libro de rezos y que el hilo que los une se asemeja a un antiguo libro de horas, pues con ellos se ilumina nuestro interior, es decir, ellos alumbran en exclusiva al individuo que somos cada uno de nosotros. Por ello, cada persona posee su propia selección de títulos. Teniéndolos ahí, a mano, confiados y amontonados la mayoría de las veces sin ningún orden, pero siempre a nuestro alcance.
Yo debo de confesaros que en vez de una mesilla de noche, los tengo en un cesto, y ese cesto se parece a un bazar donde puedo encontrar los libros que son alimento básico para mi alma, para mi espíritu. Los tengo en un cesto puesto que al viajar tantísimo es más fácil volcarlos en él desde la bolsa de viaje y desde la bolsa de viaje en él, antes que ir colocándolos sobre distintas superficies, ya que de ser así, podrían contar su particular periplo por mesillas de todo tipo de hoteles, apartamentos, hostales y albergues. Confiarlos al amparo de mi bolsa de viaje o en el cesto me tranquiliza. Me satisface saberlos cerca, a mano y a buen recaudo.
Tener cerca a Henry David Thoreau, a Walt Whitman, a Annie Dillard, a Javier Gomà y a Pedro Salinas me fortalece y reaviva mi ser. Ya veis, mi mesilla, o más bien, mi cesto, alberga sólo poesía y ensayo. Ninguna novela, aun siendo este mi género preferido y el que más leo. Y eso es así puesto que para mí las novelas son como una casa por habitar, necesitan tu reposo no tu agitación, exigen un estado de ánimo muy especifico, las novelas demandan ti una predisposición, necesitan que les des parte de tu tiempo, de tus experiencias y de tus vivencias, parte de tu mundo interior para sacar lo mejor de ellas; en cambio, los títulos que me acompañan allá dónde voy, lo hacen, porque soy yo quien demanda todo eso de ellos. Y ellos, cumplen sin rechistar, muy bien con su cometido. Hacen que una y otra vez me refresque, como si bebiese en un arroyo de agua limpia y cristalina que corre llena de júbilo. Son ellos quienes me hacen resurgir algunas veces incluso de entre las tinieblas. Son ellos quienes cuando ando agitada me dan reposo. Son ellos la luz de la razón. Iluminándolo todo.
Mi deseo para vosotros en este día de hoy, lectores míos, es que tengáis vuestra propia mesilla. Que exista una mesilla en vuestro cada día.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz